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sábado, 7 de agosto de 2021

TEORÍA DEL BORBÓN EN LA HISTORIA DE ESPAÑA

La defensa de la Corona que se exige al Presidente del Gobierno por parte de la mafia mediática me ha llevado a interesarme por la familia Borbón, la única familia que es citada nominalmente en la Constitución Española vigente, no soy genealogista ni heraldista ni nada de nada pero otros que escriben sobre el tema tampoco.



Borbón: del antiguo galo “borua” fuente de agua hirviente y fangosa, con el sufijo diminutivo galo "-on", cosas que se encuentran gracias a Google. O sea que, en resumen, el apellido del rey es “fuentecilla”, un apellido común en Asturias y Santander. Aunque el de los monarcas es francés, de un pueblo cerca de Vichy en l’Allier, 03160 Bourbon-l'Archambault, del que proceden los primeros borbones que poquito a poquito, casándose y matando gente, se hicieron un hueco en la corte real hasta que uno de ellos, follador inconmensurable, llegó al trono de Navarra y luego al de Francia – “París bien vale una misa” era su lema, como es conocido -, de allí una jugada hábil llevó a un “fuentecilla” al trono de España, la familia se extinguió con Carlos IV que no tuvo hijos con su mujer, pero ésta los tuvo por su cuenta con  la ayuda de los cortesanos que pasaban por su predispuesto receptáculo y de tales vástagos uno fue rey borbónico y tuvo una hija que fue reina, Isabel II, que siguiendo la tradición familiar tuvo descendencia con un tipo que no era su marido, un tal Puigmoltó.  Gracias a estas virtudes conyugales de aquella reina, Alfonso XII salió menos tarado que reyes anteriores pero antes un tal Saboya, apellido que rima con Montoya y con todos sus chistes, estuvo un rato de rey de España. El siguiente Alfonso fue un putero y gilipollas absoluto, tuvo algunos hijos con defectos de fabricación y uno que llegó a un acuerdo con el dictador sanguinario y ladrón que las derechas corruptas españolas impusieron como verdadero rey, al destruir la república que lso españoles se habían dado en 1936. De aquel acuerdo maloliente surgió para lucir en la cabeza la Corona de España Juan Carlos I, el quinqui, otro picha floja al que una meretriz le robó la cartera con lo suelto, 65 millones de euros, como a un cliente dormido en un hotel de pasada. Como no todas las griegas son travestis, la esposa que este hijo acogido de Franco se trajo del Peloponeso parió un tipo alto, conocido por Felipe VI y último, actual monarca de las españas. Este fuentecilla de nombre se ha casado con una asturiana, lo que no es malo para mejorar la descendencia, así que los monárquicos confían que los Ortiz hayan mejorado la sangre Puigmoltó y lo que quede, si queda, de sangre borbónica en las niñas esas que juegan con plantas, conocidas por infantas. Y como la Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don  Juan Carlos I de Borbón, el turista en tierra de moros, legítimo heredero, es un decir, porque en realidad no tuvimos más remedio que aceptarle para evitar que los asalariados de las finanzas patrias nos metieran otro baño de sangre en 1977, legítimo heredero, que decíamos, de la dinastía histórica de los Borbones. En el momento de la redacción Zara no era aun el imperio Inditex, así que no pudimos optar por mejorar la redacción y meter a la familia del fundador de Zara en la sucesión al trono. Y claro, la sucesión en el trono, porque lo dice el texto constitucional vigente actualmente, seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea, el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado, el varón a la mujer, y en el mismo sexo, la persona de más edad a la de menos… la Jefatura del Estado de esta España del siglo XXI depende por ahora de un sorteo de espermatozoides y óvulos que dé como resultado un feto viable al que el fuentecilla o borbón de turno le reconozca como sucesor, lo cual es un sistema que históricamente nos ha dado resultados estupendos y así estamos como estamos.

jueves, 20 de mayo de 2021

Brève rencontre à Paris

Aristide Labarthe essayait de se souvenir des paroles de «Nini, peau d'chien» la vieille chanson d'un autre Aristide, Aristide Bruant, alors qu'il se promenait dans les rues de Paris, près de la place de la Bastille, portant son masque bleu, plus bleu que le ciel gris du matin de mai qui l'accompagnait.



L'hydrogel du cabinet ministériel où il avait passé la matinée - il y a des choses délicates qui ne peuvent pas être faites par télématique dans la bureaucratie - avait laissé l'épiderme de ses mains doux comme la peau d'une parisienne, peut-être s'appelait-elle Catherine Catherine comme cette amourette qui a eu un été dans sa lointaine adolescence.

Catherine était la nièce parisienne d'un chef réputé dans un restaurant de la Côte Basque et passait une partie des vacances d'été chez son oncle et sa tante, occupée à promener leur chien, car le travail absorbant du mariage les empêchait de s'occuper du ridicule caniche. Le timide et myope Aristide a alterné le rugby sur la plage avec ses amis, qu'il pleuve ou non, avec des caresses et des caresses avec Catherine, mais elle a trouvé un amour plus fort à Paris et a arrêté de marcher su la plage estivale, sa peau blanche aux poils blonds. Aristide, quarante ans plus tard, se souvenait avec nostalgie de cette peau, tout en marchant le long des pavés de la rive droite de la Seine à la recherche d'une boulangerie pour acheter un sandwich, des bistrots et des restaurants fermés encore, pandémie oblige.

Brisant les gestes barrière, des mains douces et parfumées, un parfum inoubliable du passé, couvrirent les yeux d'Aristide et une voix de femme demanda avec une joie débordante:

- Qui suis-je?

Les étés des années 1980 tout à coup ont projeté une cascade d'images avec la bande-son de «Les lacs du Connemara» d’un Sardou permanent dans le cerveau d'Aristide.

- Catherine!

L'auteure de la surprise l'a giflé sur la joue droite, plaçant le masque sur son oreille gauche, montrant qu'elle était gauchère et Catherine était droitière.

- Con! Je suis Amélie.

Aristide  tentait de s'excuser en replaçant le masque, mais Amélie augmentait rapidement sa colère et, bien qu'elle ait cessé de pratiquer le décathlon quelques décennies auparavant, Amélie était toujours apparemment dans un état de forme enviable et, avec sa taille et son caractère, elle était capable de lui envoyer au sol devant la file d'attente des clients de l'établissement, ravis d'assister à la comédie que, brisant l’ennui, les deux leur proposaient spontanément.

- Bien sûr, Amélie, mon élève préférée, la championne d’athlétisme du lycée ... Comment ça va?