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jueves, 17 de febrero de 2022

TIENES MEJOR CARA

Hay veces que una frase suena falsa desde la primera palabra y Galtzagorri fue consciente en cuanto lo dijo:

- Tienes mejor cara.

En realidad, debería haber dicho “La mejor cara te tiene a ti” o algo así, porque era la cara la que sostenía el alma de ella, al contrario que en el tópico, su cara no era el reflejo del alma, su cara era el impulso del alma. El escaso maquillaje pero bueno, puesto con ese gusto que siempre le había conocido, los labios pintados sin parecer que estaban pintados, las gotas de perfume que se alzaban involuntariamente de su ropa… todo estaba hecho para tener mejor cara y permitirle vivir un día más de actividad, aquella actividad eléctrica de trabajadora autónoma que no se puede permitir un momento de debilidad.

Laura Osinalde le puso el café con leche y la “chocolatine”, así llamaba al bollo preñado de chocolate que Galtzagorri tomaba cada mañana en su establecimiento. No había más clientes en la barra a aquellas horas de la mañana, en una de las cinco mesas, una treintañera con exceso de peso hacía engullir zumo de frutas, tostadas con mantequilla y mermeladas de colores imposibles y barritas de cereales a un infante adormilado y embobado con una pequeña consola. Niño candidato inevitablemente a la obesidad, pensó el abogado, mientras la madre devoraba su propio desayuno y lo que su hijo iba abandonando.


- Laura, trabajas demasiado. Los tiempos de pandemia han sido difíciles, ya, pero todos tenemos un límite y tú estás al borde de pasar esa frontera.

- ¿Me vas a echar los tejos como de costumbre u hoy te toca el día paternal increíble? Tengo que pagar la renta a los caseros, la luz a los oligopolios, el préstamo a la kutxa sanguijuela, los bollos han subido lo que quieras, los clientes se han acostumbrado a trabajar en zapatillas en la mesa de la cocina y las marujas que dejaban a los niños en el cole y luego se pasaban la mañana aquí se han extinguido con el cambio climático… abro 15 horas al día, yo sola, este negocio porque no puedo abrir 24 horas como los vietnamitas, que algunos céntimos más sacaría seguro.

- Laura, Laura, solo tenemos una vida y no podemos pasarla ya en el infierno o paras y ordenas tu vida o la vida te parará a ti por sorpresa.

- ¿Y de puta? ¿Tú crees que de puta no se es más esclava? Esto es el paraíso, señor letrado, esto es el paraíso en comparación con aquello. Enseguida vuelvo, voy al baño.

Y Laura, después de recoger el pago de la oronda vecina, se refugió en la intimidad de la última puerta al fondo a la izquierda.

martes, 30 de noviembre de 2021

EGOPATÍA


Leo por ahí que la egopatia es una conducta agresiva, violenta, que tiene como origen un fuerte egocentrismo que lleva al desprecio de los demás. Supongo que los siquiatras, algunos siquiatras, han llegado a esta definición por estudios científicos previos sobre casos clínicos. No siendo siquiatra, para mi el egópata o la egópata es un egocentrista que ignora la existencia del prójimo fuera de su órbita, todo existe por él o contra él - póngase en femenino cuando sea necesario -, requiere de súbditos o seguidores en vez de amigos y, sobre todo, requiere de enemigos que sean merecedores de serlo, sino los desprecia. El egópata, que conozco o he conocido, carece de empatía por las personas y solo el perro que le reconoce como su amo le suscita afecto, los egópatas que trato y he tratado tienen perro.

¿A qué viene esta disquisición? No puedo responderlo por ahora, es simplemente lo que llevo pensando desde hace tiempo sobre personas a las que he visto hacer daño a otros en el pasado, incluso yo he sido objeto, no víctima, de su conducta más o menos agresiva, y alguna de ellas sigue haciendo daño a su alrededor. Como un Don Quijote de la Mancha que tuviera mesnadas de seguidores, el egópata corre a enfrentarse a molinos de viento, proclamando que son gigantes y haciendo que esas mesnadas, más alucinadas que su líder, también sean perjudicadas por unas simples, duras e indiferentes aspas de molino que se mueven por otras fatigas, ignorando que alguien las ve como gigantescos enemigos.

La vida da lecciones, amargas lecciones muchas veces, una de ellas ha sido conocer la existencia de egópatas y su peligrosidad en las relaciones humanas, como conocí a sicópatas carismáticos y sus peligros en las relaciones económicas, ahora que se acerca el epílogo de mi biografía olvidada en un trastero húmedo puedo beber un vino a la salud de estos maestros, de estas maestras, que, sin querer, pasaron por alguna de las viñetas de la historieta.


jueves, 9 de septiembre de 2021

TUMBAS DE FAMILIA


El cementerio suele ser un lugar tranquilo, un refugio de una pequeña fauna de insectos, lagartijas, ratones y gatos, paisaje de árboles endémicos y de flores muertas. Procuro ir lo menos posible por ahora pero, a veces, los vivos nos reunimos allí para dejar lo que queda de alguien que ya no está y, luego, nos vamos más o menos aceleradamente, otras veces, un cementerio es el atajo en un paseo o el paseo nos hace pasar por uno. 

He hecho fotos de cementerios, de tumbas, de mausoleos, de monumentos a los muertos por una patria o por otra, de placas de recuerdo a conocidos y a desconocidos y todo ello como un turista más, recuerdos que se archivan en carpetas de la nube y que el algoritmo te manda en mañanas ociosas a la pantalla del ordenador.


Tengo un primo que gusta de la genealogía y trepa por enmarañados árboles familiares en busca de ancestros y parentescos, este primo me manda fotos de lápidas con apellidos de los que se supone que llevamos una dotación genética en nuestras células, salvo que las inseminaciones privadas y  los errores de las matronas hayan hecho que la genética real no coincida con la genética presunta.

No sé si mi cuerpo muerto reposará en un cementerio - pago una tumba a medias con una prima lejana, tan lejana que no es prima -, pero como solo se mueren los otros y hace tiempo que he perdido la creencia en la resurrección de los muertos, salvo por exigencias del guion, espero que quien se ocupe de mis restos haga lo que pueda o lo que quiera, yo no estaré allí para reprocharle nada.

Además ahora, las cenizas ocupan poco, se pueden dejar olvidadas en un armario con aquellos trastos viejos que la pereza y la nostalgia nos impidió abandonar, se pueden aventar en un pico accesible, se pueden dejar flotando en las olas o en el río ese que tanto nos gustaba, pueden ser abono de unos geranios en la fachada sur de la casa… yo qué sé. Lo que sé es que no voy a leer la placa, si alguien pone placa.


martes, 22 de junio de 2021

SNIPER

Ajustó la mira telescópica Steiner, un modelo de la serie M7, al rifle Sako tipo TRG M10 y se puso en posición, la cabeza guardaba un pequeño murmullo apenas doloroso en lo más profundo, los dos Oxycotin del desayuno habían tenido una efectividad de más del 99% y se sentía en la forma suficiente para alcanzar el objetivo. Tumbado sobre el contrafuerte de la vieja fortaleza militar veía perfectamente, a través del visor, la puerta de la villa bajo el sol triste de un mediodía vasco, no llovía pero se sabía que el sol existía porque había unas nubes de un gris más claro que todas las demás. Supuso que el objetivo saldría por esa puerta con una taza de café en la mano, silbaría al perro, un lobo belga adiestrado por la Guardia Civil irónicamente, charlaría cariñosamente con el animal y bebería el café antes de regresar al interior por otras 24 horas. Había pensado un disparo a la taza en el momento en que estuviera bebiendo, posiblemente le destrozaría la boca y le rompería las cervicales de delante atrás, por si acaso un segundo disparo a la cabeza, con el cuerpo caído, que tendría efectos disuasorios sobre “El cojo”, que, agazapado en el umbral, no saldría durante un tiempo, así él podría alejarse tranquilamente hasta el coche, ya enfilado hacia la pista al otro lado de la colina, apenas 20 metros de distancia. Desde que había salido de los malditos Balkanes, éste era el primer trabajo un poco serio que tenía, la verdad es que la NATO le licenció cuando aún podía seguir en activo por la edad y su estado físico pero su tiempo de compromiso militar había acabado ya un año antes y no cabían nuevas prórrogas. Palpó el bolsillo de la chaqueta por fuera, la caja de Oxycotin estaba en su sitio, el zumbido parecía querer apagarse en su interior, suponía que era un recuerdo permanente de su dedicación profesional a eliminar enemigos, enemigos del ejército al que estaba adscrito, en aquel clima insoportable, sobre todo en invierno. 

Dentro de la casa, en la cocina, “El rizos” observaba a su subordinado afanarse en prepararle el café, verle arrastrar la pierna anquilosada era un espectáculo que le hacía sonreír, siempre acababa teniendo que preparar más tazas en la Nespresso porque, antes de llegar a la mesa en que él esperaba, iba derramando líquido por el embaldosado. El whisky Aberlor 10 no se le caía a "El cojo", llevaba la botella sin abrir hasta la mesa y allí se servía una buena dosis en un envase de Nocilla que usaba como vaso. Con el primer confinamiento de la pandemia "El rizos" se había instalado en la mesa de la cocina para tele-trabajar, controlar sus negocios desde el ordenador le había costado un cierto esfuerzo, antes, era su hijo el que se encargaba de la informática pero se había marchado con su mujer a Colombia justo antes de que estallara la alarma por el virus asiático y no parecía que ni podía ni quería regresar. Ahora controlaba las normas de seguridad necesarias para que no se detectasen sus movimientos de mercancías, los cobros, los pagos y no necesitaba salir de casa, “El cojo” se desplazaba por él si era estrictamente necesario, además “El cojo” se encargaba de comprar los platos cocinados que calentaban en el microondas y de tener el nivel de porquería de la casa a una altura aceptable, nunca pasaba de la cintura. Cogió la última taza de café y la completó con lo que quedaba de las dos anteriores, dejó su puesto delante de la pantalla al otro, el sistema requería una observación continua de los mensajes, y se dirigió hacia la puerta con la taza en la mano. El teletrabajo tenía para él además otra ventaja, la seguridad, últimamente había tenido demasiados accidentes, una rueda delantera que estallaba en plena curva junto a un desfiladero, un cable cruzado entre dos árboles cuando regresaba en moto de una ronda de vigilancia por los clubes, un camión sin frenos y sin conductor en la cuesta por la que caminaba hacia una cita con un policía comprado… no creía en las casualidades, solo su buena suerte y la torpeza de la competencia le mantenían con vida. Así que solo salía de casa para darle una golosina al perro y seguir así manteniendo su fidelidad, aunque el chucho ya estaba viejo y tenía que pedir a alguno de sus contactos policiales que le consiguiera otro y así poderle pegar un tiro a este baboso, no soportaba las babas de perro, luego “El cojo” lo enterraría junto a los anteriores en un rincón del jardín. Abrió la puerta.

(Continuará)    

  

miércoles, 2 de junio de 2021

BILBAINITA


- ¿Sigues enamorado de la bilbainita? - Zulema preguntó a Mikel desde el baño -.

- No seas tonta, yo estoy enamorado de ti, te lo he demostrado y, en cuanto vuelvas al catre, te lo vuelvo a probar.

- Los hombres creéis que por decirnos “te quiero” mientras la tenéis metida, ya es una prueba de amor. Confundes tus deseos momentáneos, tus fantasías conmigo, las ganas que me tenías… con estar enamorado.


Zulema hablaba saliendo desnuda del baño del hotel y dirigiéndose lentamente hacia la cama, Mikel, debajo de las sábanas, la observaba sintiendo que la excitación volvía a poner en marcha la erección. En cuanto ella se acostó, él volvió a abrazarla y a acariciarla con voracidad, ella le dejaba hacer pero conteniendo sus ganas de completar el juego.

- Está muy bien que nunca lleguemos al final del destino del viaje de cada fin de semana sin pararnos en un hotel de carretera a sacudirnos el polvo del camino, como dice tu colega, pero la cara que pusiste ayer en la cena cuando mencionó que había quedado con “tu bilbainita”… parecía que te iba a salir la úlcera gástrica por los ojos, fue un instante, pero fue como leer tu biografía sentimental en una sola imagen.

Mikel detuvo su exploración ginecológica y le miró a los ojos.

- Creo que confundes un reflujo de la acidez del bacalao con un ataque de celos, la bilbainita siempre fue el gran amor frustrado de Sebastián, la conoció cuando era una niña en uniforme colegial y él estaba en quinto de carrera, ella se le entregó ingenuamente y el hijodeputa la dejó por otra sin ninguna explicación, más tarde en un breve paréntesis con su novia oficial y con la que luego se casó, se las arregló para dejarla embarazada y luego, desembarazada ella y él recién casado, en cuanto se la encontró volvió a saltarle encima como si tal cosa, para olvidarla a los cinco minutos. Pasaron los años, yo me la encontré un día en Bilbao y ella me contó todo esto y todo lo que le había marcado “mi amigo”. Te doy mi palabra que me dejó llorando entonces. Y ayer el tipo nos cuenta que se la ha vuelto a encontrar callejeando por Bilbao y que ha quedado este fin de semana con ella, cuando su novia actual está en Barcelona arreglando sus papeles de divorcio para casarse con él, que yo lo sé y lo sé muy bien.

Zulema quieta escuchó el discurso entero. En los ojos de Mikel había la humedad de unas lágrimas nacientes, a veces la ingenuidad de su novio le sorprendía. Le besó en la boca y comprobó con la mano que la erección había desaparecido, empezó a ponerle remedio.  

- Tú lo sabes porque escuchas conversaciones ajenas con avidez, cariño. Hay amores que duran una eternidad y se expresan con sexo intermitente, “tu amigo” y “la bilbainita” se aman porque solo están juntos cuando la corriente les acerca, si tuvieran que compartir el papel higiénico del mismo retrete todos los días… no sería lo mismo.


jueves, 20 de mayo de 2021

Brève rencontre à Paris

Aristide Labarthe essayait de se souvenir des paroles de «Nini, peau d'chien» la vieille chanson d'un autre Aristide, Aristide Bruant, alors qu'il se promenait dans les rues de Paris, près de la place de la Bastille, portant son masque bleu, plus bleu que le ciel gris du matin de mai qui l'accompagnait.



L'hydrogel du cabinet ministériel où il avait passé la matinée - il y a des choses délicates qui ne peuvent pas être faites par télématique dans la bureaucratie - avait laissé l'épiderme de ses mains doux comme la peau d'une parisienne, peut-être s'appelait-elle Catherine Catherine comme cette amourette qui a eu un été dans sa lointaine adolescence.

Catherine était la nièce parisienne d'un chef réputé dans un restaurant de la Côte Basque et passait une partie des vacances d'été chez son oncle et sa tante, occupée à promener leur chien, car le travail absorbant du mariage les empêchait de s'occuper du ridicule caniche. Le timide et myope Aristide a alterné le rugby sur la plage avec ses amis, qu'il pleuve ou non, avec des caresses et des caresses avec Catherine, mais elle a trouvé un amour plus fort à Paris et a arrêté de marcher su la plage estivale, sa peau blanche aux poils blonds. Aristide, quarante ans plus tard, se souvenait avec nostalgie de cette peau, tout en marchant le long des pavés de la rive droite de la Seine à la recherche d'une boulangerie pour acheter un sandwich, des bistrots et des restaurants fermés encore, pandémie oblige.

Brisant les gestes barrière, des mains douces et parfumées, un parfum inoubliable du passé, couvrirent les yeux d'Aristide et une voix de femme demanda avec une joie débordante:

- Qui suis-je?

Les étés des années 1980 tout à coup ont projeté une cascade d'images avec la bande-son de «Les lacs du Connemara» d’un Sardou permanent dans le cerveau d'Aristide.

- Catherine!

L'auteure de la surprise l'a giflé sur la joue droite, plaçant le masque sur son oreille gauche, montrant qu'elle était gauchère et Catherine était droitière.

- Con! Je suis Amélie.

Aristide  tentait de s'excuser en replaçant le masque, mais Amélie augmentait rapidement sa colère et, bien qu'elle ait cessé de pratiquer le décathlon quelques décennies auparavant, Amélie était toujours apparemment dans un état de forme enviable et, avec sa taille et son caractère, elle était capable de lui envoyer au sol devant la file d'attente des clients de l'établissement, ravis d'assister à la comédie que, brisant l’ennui, les deux leur proposaient spontanément.

- Bien sûr, Amélie, mon élève préférée, la championne d’athlétisme du lycée ... Comment ça va?

jueves, 29 de abril de 2021

ELOGIO DE LA INFORMÁTICA CON LA EDAD


Me llaman para una encuesta sobre “viejos e informática” o algo así para un trabajo sociológico, la amable encuestadora me hace una serie de preguntas que intento contestar sinceramente y mis respuestas, al parecer, se escapan del esquema prefijado en su cabeza o en la tesis que alguien quería demostrar al realizar este trabajo de campo, verdaderamente de campo en mi caso, porque se puede decir que estoy en el campo, más bien entre pinos y los maizales recién sembrados…

Nací en la primera mitad del siglo XX en una fábrica de motores diésel, una fábrica que empleaba tecnología avanzada para la época, habiendo pasado de la fabricación de motores gasógenos a este tipo de motores para camiones y barcos -mi padre había estado en la casa Bosch en Alemania en los años 30 donde se había formado en la materia -, así que la mecánica, la electrónica, la química aplicada a la fabricación, desde el dibujo industrial de las piezas, los modelos, la fundición, el montaje hasta el banco de pruebas, el embalaje final, la oficina y la contabilidad, eran mi cuarto de los juguetes, donde escuadras, cartabones, tiralíneas, amoniaco, papel químico, bielas, pistones, cigüeñales, bujías, camisas, aceites, baterías, gasóleos, cableados, rodamientos, limas, martillos, llaves, destornilladores, cajas registradoras, calculadoras mecánicas… eran los juguetes que tenía al alcance de mi mano y de mi curiosidad.

Los motores se basaban en principio en los Berliet que se fabricaban en Lyon pero evolucionaron, para los de menor cilindrada, a algún modelo original que vi nacer en la mesa familiar y empezar a evolucionar dibujado con mayonesa en un plato vacío de ensaladilla rusa. 

Quiero pensar que absorber desde la cuna la creatividad, el plagio, el humo, la industria, la fabricación, la mecánica, la reparación y demás componentes de las máquinas que nos rodean, fue un componente esencial de mi relación con la informática.

La informática apareció poco a poco de la mano de IBM y era un espectáculo el asomarse a la Escuela de Informática de Deusto, que estaba pegada a la Comercial de Deusto donde estudiaba, y ver pasar las fichas perforadas por el abierto tubo digestivo de aquel monstruo gris y que siempre pronosticaban la victoria del Athletic de Bilbao en la Copa del Generalísimo.

Las primeras calculadoras electrónicas llegaron cuando aún usaba la mecánica en el Credit Lyonnais para cuadrar el balance de caja diario con sudores colectivos de toda la agencia – no nos podíamos ir a comer sin que cuadrase y aquel horario de 8 a 15 horas producía mucha hambre cuando un céntimo faltaba o sobraba al cierre de caja -, mientras, Carrero Blanco asistía a su última misa retransmitida por télex a toda velocidad, toda velocidad que la cinta perforada podía alcanzar.

Entre la muerte del sapo gallego de cuyo nombre no quiero acordarme y el 23F del insomnio, nos empezaron a llegar las máquinas de escribir eléctricas con memoria, memoria que IBM y Olivetti hicieron crecer hasta parir la impresora y el ordenador de sobremesa en el despacho de abogados, en principio sito junto a Gispert, lo que facilitaba la adquisición de aquellas modernas herramientas. Creo que el primero que tuvimos en Lan o Sunion fue Nokia, sin embargo. Enseguida me puse uno idéntico en mi propia casa e hice un cursillo de programación en la Cámara de Comercio – programé un juez que aplicaba atenuantes y agravantes con criterio exacto para fijar las penas -, así que cuando me llegó un asunto complejo, el caso de los violadores de la costa vasca, pude usar un gestor de base de datos para analizar los delitos y lograr la inocencia de mi defendido que, interrogado por la guardia llamada civil, había confesado varios de ellos cuando las circunstancias de tiempo y lugar de los mismos los hacían imposibles. Volví a usar el mismo procedimiento en el caso del violador sin piernas pero, a pesar de que conseguí su absolución de algunos hechos que no cometió, nadie persiguió a quienes, se podía deducir de mi trabajo, eran autores de otros de los delitos. La Justicia no estaba preparada para la informática.

Por suerte, en mi despacho colectivo, ya Sunion, hubo quien se hizo adicto de la informática y acaparó formalmente este área, lo que me permitió desarrollar discretamente mis capacidades y conocimientos. Esto fue muy útil cuando me divorcié de mis socios definitivamente y tuve que irme llevándome copias físicas importantes de discos duros y copias nada importantes de discos duros, porque de todo hay en las memorias descuidadas de algunos -el fuego, el fuego en una vieja chimeneta es muy útil para borrar contenidos y pistas, no hace falta quemar el edificio de hacienda -.

En estos momentos tengo dos ordenadores portátiles, Dell y Lenovo, que funcionan bien, tengo restos de otros del pasado que guardo, a veces los tengo que usar para suplir a los titulares en averías y carencias, y estoy en demasiadas redes sociales, aportando contenidos.

Volviendo al principio, la informática es mecánica, en realidad no es más que un juego de válvulas de pequeños motores electrónicos, hasta mi bisabuelo hubiera podido usarla.






martes, 20 de abril de 2021

ATHLETIC



Había estado en Bilbao antes, para jugar en Jolaseta a hockey íbamos en tren desde Donostia y llegábamos a la oscura estación de Atxuri, luego cogíamos el otro tren que nos llevaba por la vía derecha hasta Algorta, en total cinco horas de viaje de ida y cinco horas de viaje de vuelta, algunas veces dormíamos en casas de jugadores del Club local, otras en pensiones de estudiantes que tenían habitaciones libres por el fin de semana -es de suponer que cambiaban las sábanas para acogernos -, a veces los mayores nos llevaban a dar una vuelta por la calle de Las Cortes antes de coger el tren de regreso. Esto del tour turístico por la “Palanca” se hacía incluso las pocas veces en que fuimos en autobús alquilado o apelotonados en varios coches, sin cinturón de seguridad y por la carretera de la costa, tres horas de viaje de ida y tres horas de viaje de vuelta.


Había estado en Bilbao antes, también para matricularme y buscar alojamiento, cuando llegué en octubre de 1966 para estudiar en la Comercial de Bernaola SJ y quedarme allí cinco cursos y salir con un resguardo de un título de derecho que se me mandaría unos años más tarde para colgarlo por ahí -mi relación sentimental y emocional con Bernaola SJ duró tres cursos así que no tengo el título de más fuste -.


Había estado en Bilbao antes pero no había vivido allí y, al llegar para quedarme, entonces descubrí el Athletic. En San Sebastián yo iba al fútbol los domingos a las 3 de la tarde, la iluminación artificial era un invento reciente, y al acabar el partido se acababa la Real, hasta el domingo siguiente en que nos enterábamos por “Goleada” del resultado, casi siempre malo fuera de casa, que había logrado el equipo. La Real se vivía la hora y media del domingo que duraba el encuentro y se olvidaba lo mismo que el color de la casulla del cura que había dicho la misa obligatoria -el color de la casulla era la pregunta que confirmaba a la abuela que habíamos ido a misa y no estábamos en pecado mortal-. En Bilbao, con el Athletic, no. En Bilbao, fue lo que descubrí, la semana, las veinticuatro horas de cada día de la semana, se vivía el Athletic, todo el mundo era forofogoitia, desde el ridículo perro del conserje con su collar rojiblanco hasta el propio malvado Bernaola SJ con su cenicero de escudo del Athletic en el que apagaba sus cigarrillos de tabaco egipcio mientras decidía sobre el porvenir de sus súbditos alumnos, pasando por las trabajadoras del sexo en sus tugurios ahumados de la Palanca y la Palanquilla que olvidaban su origen gallego o canario para jalear a sus leones con mayor entusiasmo que el que ponían en sacar algo de provecho de aquellos pardillos juveniles que les duraban un par de minutos en el catre del primer piso del portal de al lado.


La villa, el resto de la villa, se paraba durante el partido en San Mamés que se oía por la radio y, a veces, por la televisión, se paraba también cuando jugaba fuera, el resultado provocaba, ya entonces, la tristeza colectiva muchas veces pero esta depresión se convertía enseguida en una especie de cabreo animoso que tenía que conducir a una victoria en el siguiente partido, la tensión iba en aumento desde el mismo día siguiente, se olvidaba el partido y se planificaba la táctica que había aplicar con la alineación adecuada en un “brain storming” en el que se oían todas las voces de todos los habitantes, una cacofonía incomprensible para los seguidores del Orfeón Donostiarra. Me acuerdo de intentar explicárselo a mi amá, que me había llevado a Atocha en pañales y me había seguido llevando hasta que tuve edad de ir con mis amigos, y no alcanzar a describirle ese fervor constante y no le podía decir que la chica con la que me morreaba los domingos en la penumbra de un whisky -así se llamaban los establecimientos confortables de hostelería en Bilbao -, se volvía repentinamente fría si en la radio de la barra se anunciaba que Iribar había encajado un gol y se entregaba a una labor esforzada de lengua en mi campanilla si el locutor alababa una internada de Chechu Rojo y que, cuando la Real Sociedad le ganó al Athletic en Atocha, aquella criatura – de foto de página central de Play Boy -, se acordó de que tenía novio que estaba haciendo la mili en Madrid y se quedó preñada de él, supongo, casándose de penalty con toda lógica.


La verdad es que yo quería que el Athletic ganase la final de la Copa contra el Barça, aunque sabía que había cero probabilidades en mi fuero interno. Nunca me ha ofendido que en Donostia me reprochen que me alegre con los logros, escasos, de los leones y que me compadezca de los muchos sinsabores que logran para su ciudad, no sé si el Athletic es mi segundo equipo, pecado mortal de un realtzale, pero es mi equipo, lo que no fue mientras yo vivía en Bilbao y eso que ganó una Copa del Generalísimo (1) es mi equipo pero la Real Sociedad me dio ya alegrías ganando en el viejo San Mamés con mis ánimos en la grada antes (2) de que regresara a Donostia llevándome a una bilbainita, eso sí, una bilbainita que se fue demasiado pronto  de esta vida, pero eso es otra historia.


 Y el mundo de los negocios que es el fútbol no necesita al Athlétic, ninguno de los financieros que están montando, y montarán inevitablemente, el futuro del fútbol ha llamado a un despacho de Bilbao para proponerle entrar en el modelo de negocio que se conoce por Súper Liga ahora, lo harán más tarde, cuando las ciudades se disputen por ser sede de una franquicia de la competición televisiva que se nos viene a cualquier precio y entonces ¿Bilbao se va a quedar sin tener equipo en esa competición?

(1) En 1969 contra el Elche, sí Elche.

(2) Fue en la temporada 71-72, aunque acabé la carrera en 1971 me presenté al examen de grado en 1972 y me casé en la parroquia de Deusto en 1974.


jueves, 28 de enero de 2021

NO QUERÍA


- ¿Estás arrepentido de algo de tu vida, Jon?

Habíamos hecho el amor, demasiado rápido, no estaba seguro de que ella hubiera disfrutado, yo tampoco había disfrutado mucho, consciente de la brevedad de mi empeño, ninguno de los dos, era evidente, queríamos dejarlo ahí, ella, recostada sobre su lado izquierdo, espléndidamente desnuda, más larga que yo, fumaba con su mano derecha, un cenicero improvisado entre los dos, dirigía el diálogo, haciendo las preguntas, que no esperaban una confesión sincera indudablemente.

- ¿Algo que no deberías haber hecho?

- No sé, he hecho cosas que no debería haber hecho, muchas, muchas veces, pero arrepentirse no es la palabra, no hay arrepentimiento, hay rabia por no poder reparar lo que se rompió, pero quizá no era consciente de que estaba haciendo daño, quizá lo que ahora me parece un error fue consecuencia del daño que ya estaba hecho antes.

- No me refiero a tu matrimonio, tampoco a que te hayas atrevido a acostarte conmigo. Los coitos adúlteros son meros incidentes del camino de una pareja, para mi carecen de importancia, yo lo hice cuando estaba casada, mi marido, y padre de mis hijos, saltaba sobre todo coño que se le pusiera a la distancia adecuada y podía ser irresistible ¡Dimelo a mi! Así que yo no me iba a enfadar con aquellas desgraciadas, aunque alguna se pusiera pesada con él y llegara a molestarme.

- Your cigarette is finished.

-  And my tailor is rich. Es que tenía la impresión, cuando has acabado, que seguías igual de tenso que cuando hemos entrado en la habitación, que tu conciencia de jesuita te estaba llamando al arrepentimiento, como que te sentías mal de estar conmigo, de disfrutar con el sexo…

Retiré la portada doblada de revista que había recogido cenizas y colilla y cuidadosamente la puse en la mesilla de mi lado de la cama, luego puse mi mano izquierda en su entrepierna y me aproximé a su cuerpo de papel áspero y alambre, empecé a besarle las cejas y la punta de la nariz, ella se dejaba hacer con la mente ausente, sin responder, sin reaccionar.

- ¿Qué es lo que más te gusta? - pregunté-.

- Los pezones, que me chupen los pezones, desde que di de mamar a mis hijos, es lo que más me gusta...

Ahora, tiempo después de aquella noche en el hotel, que recuerdo estas conversaciones con ella, me hago la pregunta “¿Estás arrepentido de algo en tu vida, Jon?”.  Me respondo con toda la sinceridad que puedo, nadie va a escuchar mi confesión.

- Me arrepiento de los treinta meses que siguieron a aquella primera noche, dos años y medio de mi vida perdidos a su lado, la primera noche tenía que haber sido la última, en aquel hotel aprendí todo lo que ella me pudo enseñar.


domingo, 17 de enero de 2021

CRONICA DE HERNANI: SECUENCIA A LA SALIDA DE CLASE

 

INTERIOR DIA, 18 horas, taberna típica de pueblo vasco, decoración “abertzale”, hombres y mujeres bebiendo en la barra y en mesas, hay niños que juegan y corren saliendo a la calle y entrando, figurantes adultos y niños de esta escena repetidos en otras escenas, como indicado. Miren sentada en una mesa con un vaso de vino, Maddi con un té.


MADDI


Si tú hablas bastante, no sé para qué coño vienes a clase de euskera, ni que fueras a ponerte a trabajar en el Gobierno Vasco…


MIREN


Es que quiero coger nivel y luego ir convalidando para poder trabajar en lo que sea, en lo que salga y ahora en todos los sitios piden euskera y con mi jatorrena (40) ¿Dónde hostias me van a coger?


MADDI


Pero… que no vas a hacer oposiciones, que para trabajar en una tienda, no necesitas un título.


MIREN


Si hasta el inútil de Aitor se sacó el Ega 2 por qué yo no voy a sacarme un título y pasárselo por las narices.


MADDI


Porque tú ya hablas y Aitor tiene el título para calzar la pata de una mesa porque jamás habla en euskera.


MIREN


(Bebiendo el vino entero)


Porque el mamón de él no lo necesita pero yo sí, hostias, yo sí…



lunes, 14 de diciembre de 2020

EL TRIBUNAL SUPREMO Y EL PRINCIPIO DE PETER

Cuando hace unos años, 47 ó 48, yo empezaba a asomarme como abogado por los Palacios de Justicia, en una comida institucional me tocó sentarme entre jueces, fiscales y abogados de prestigio  a los que, me acuerdo, les estuve explicando el rugby, aunque en aquellos años me interesaba la política mucho, la que yo hacía estaba en la clandestinidad, así que públicamente hablaba de hockey, de rugby, de westerns y me daba para varias horas de charla sin meter mucho la pata. 

En tal comida, uno de los magistrados, en un aparte me estuvo explicando el Tribunal Supremo y el principio de Peter, según él lo entendía.

- En toda Administración, incluida la Administración de Justicia, funciona el principio de Peter o principio de incompetencia de Peter, del profesor Laurence J. Peter, por el que las personas que realizan bien su trabajo son promocionadas a puestos de mayor responsabilidad, a tal punto que llegan a un puesto en el que no pueden formular ni siquiera los objetivos de un trabajo y alcanzan su máximo nivel de incompetencia. O sea que los más altos puestos de la función pública están ocupados por incompetentes, por inútiles, mientras que los inferiores realizan el trabajo ¿Te imaginas qué nivel de incompetentes puede haber en el Tribunal Supremo?

No me lo imaginaba entonces, porque el Tribunal Supremo que yo conocía era el que se reflejaba en los tomos de jurisprudencia de Aranzadi que aprendí a manejar con aprovechamiento en Deusto, y yo me los imaginaba como unos ancianitos con toga negra saltando y tropezándose entre pilas de expedientes de procesos de todo tipo acumulados por siniestras oficinas de Madrid, una especie de ratas dibujadas por Walt Disney con gafitas redondas que dictaban latines incomprensibles a otras ratitas que los transcribían con pluma y tintero.

Luego mi camino profesional me llevó a observar de cerca a aquellos magistrados tan lejos de la humanidad y tan cerca del cielo vacío de la justicia divina y mi imagen juvenil no ha variado mucho, ahora, casi 50 años más tarde, los imagino saltando y tropezándose entre pantallas de ordenadores.

Hay quien se enfada y angustia con las sentencias del Tribunal Supremo, que subrayan que crean problemas en la sociedad española en vez de solucionarlos o que nos convierten en el hazmerreír de la ridícula justicia europea - “¿Te imaginas qué nivel de incompetentes puede haber en los Tribunales Europeos?” -, o que dicen lo que quienes les pagan sus estupendos sueldos y descontrolados gastos con el dinero nuestro les dicen que digan y cosas peores. Y no comprenden que esos ilustres magistrados no rectifiquen el rumbo e intenten mejorar tanto la justicia como su imagen. Estos críticos son unos ilusos que desconocen el denominado “efecto Dunning-Kruger” que es un sesgo cognitivo en virtud del cual los individuos incompetentes tienden a sobrestimar su habilidad, mientras que los individuos altamente competentes tienden a subestimar su habilidad en relación con la de otros, así que si han ascendido hasta su nivel de incompetencia es imposible que puedan reconocer sus errores y yo, aunque el nivel al que he ascendido sea bajito, tampoco.





sábado, 3 de octubre de 2020

BARRAQUE

 INTERIOR DÍA, SALA JUZGADO Tiempos de pandemia, la magistrada lleva mascarilla en el estrado, un abogado con mascarilla en su lado derecho, otro abogado en su izquierdo también con mascarilla y a su lado una funcionaria judicial con el ordenador controla la grabación del acto, una mujer de una cuarentena de años está declarando en un micrófono enfrente de los estrados.

 DOMINGA Me dijeron que había un vídeo en Internet y que hablaba de mi. Lo busqué.

 JUEZ ¿Vio Ud. el vídeo?

 DOMINGA Claro, para verlo lo busqué.

 JUEZ ¿Le ofendió lo que había en el vídeo? 

DOMINGA No me gustó, no me gustó que me criticaran, ponía en duda mi profesionalidad.

 JUEZ ¿Quién dudaba de su profesionalidad?

 DOMINGA El interno, el paciente decía que le había internado en el hospital siquiátrico obedeciendo a su familia, como si yo no tuviera criterio.

 JUEZ ¿Y Ud. se afectó por que se difundiera en Internet ese comentario?

 DOMINGA No me gustó.

 JUEZ ¿Se alteró? ¿Estuvo afectada? ¿Dormía mal?

DOMINGA Me disgustó, los compañeros me comentaban que habían visto el vídeo.

 JUEZ ¿Entonces le causó problemas en su vida personal y en su trabajo?

.../...


martes, 11 de agosto de 2020

PITCH

 

HEAD & BREAKFAST

Un caminante joven y esforzado llega a un albergue rural pero la acogida ardiente de la hija de los propietarios puede estropear su peregrinacion.


Un randonneur jeune et vaillant arrive à un gîte rural mais la chaude bienvenue de la fille des propriétaires peut gâcher son pèlerinage.

 

Tenemos un guion para un cortometraje que estamos preparando.


On a un scénario pour un court-métrage qu'on prépare.

 

 

miércoles, 5 de agosto de 2020

REBANADAS DE LA VIDA: TIPICA HISTORIA

Prôlogo: El texto está escrito con un teclado francés. El original hablaba de C. y no de Cathérine. Al publicarlo en castellano me ha parecido que el uso de una inicial "cosificaba" a una persona, la protagonista de esta "tranche de vie".

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Aristide Labarthe, cuando sus hijas eran unas preadolescentes, contrató una baby-sitter, en realidad la contrató su mujer, para que cuidase de las mismas durante las vacaciones escolares de verano mientras que el matrimonio trabajaba. Las pequeñas Labarthe, un par de crías de 10 y 12 años, permanecían en casa en Baiona o iban a alguna de las playas cercanas con Cathérine que cuidaba de que comieran lo que su madre había dejado preparado o de que no se tostasen demasiado. Habitualmente Cathérine, que tenía 16 años o poco más, llegaba para el desayuno sobre las 9 de la mañana y desaparecía para la merienda sobre las 5 de la tarde, o sea que, como él salía de casa hacia las 8 y regresaba hacia las 7, apenas conocía su rostro. Pero la señora de Labarthe había alquilado una casa en los Pirineos para pasar unas vacaciones en familia y tuvo la idea de invitar a Cathérine para que les acompañase como una más de la familia, sin obligación de trabajar aunque le pagase el salario como hasta entonces. Y Cathérine les acompañó. La casa era un gran chalet destartalado en Luz-Saint Sauveur con cocina, sala, comedor y el dormitorio del matrimonio en la planta baja y más dormitorios en una primera planta, un jardín con diferentes tipos de hierbas más o menos cuidadas rodeaba la construcción. Las excursiones se sucedían, visitando lagos, picos y circos de montaña, a veces descansaban en el pueblo yendo a la piscina municipal o a un balneario. Cathérine parecía la hija mayor y se responsabilizaba de las otras niñas espontáneamente. El matrimonio estaba encantado con su compañía.Cuando la quincena tocaba a su fin, una tarde al regreso de una excursión más dura de lo normal, la señora Labarthe ocupó la sala de baño de abajo para ella sola y remitió a su esposo a la ducha del primer piso, asî que Aristide se resignó a entrar en un encharcado cuarto de aseo porque sus hijas, después de un rápido paso por el agua y el jabón ya se encontraban jugando en el jardín. Cuando Aristide abrió la puerta y vio a Cathérine reflejada en el vaho del espejo, la imagen de una mujer desnuda en el vapor del ambiente, no la reconoció, quizá por eso se quedó paralizado mirando el cuerpo blanco, la cara, el cuello, los brazos oscurecidos por el sol del dîa, el pubis triangular de pelo negro…

-¿Quieres ducharte? Ya he acabado – Cathérine dijo saliendo de la bañera y secándose la cara con la toalla frente al espejo, su culo absolutamente blanco le deslumbró -, la fregona está detrás de la puerta.

Cathérine se enrolló la toalla y se volvió.

- ¿Me dejas pasar? Me voy a secar en mi cuarto.

Aristide se apartó sonrojado.

El verano se acabó, pasó el tiempo, mucho tiempo, quizá 20 o 30 años, sin que Aristide tuviera noticias de Cathérine. Aristide y su mujer siguieron las etapas de la vida sin separarse mucho, las hijas se casaron, también llegaron nietos. Las rutinas se alternaban con pocas sorpresas hasta que hubo un funeral de esos a los que hay que ir inevitablemente, el funeral de un pariente cercano, un anciano hermano de su padre y que era el último de aquella generación. Aristide fue solo, la ceremonia era en un pueblo remoto de un departamento pirenaico y en pleno invierno, llegar fue una aventura, al entrar en la iglesia a las 2 de la tarde caían copos de nieve y a la salida, los que portaban el féretro al cementerio justo al lado del atrio apenas se percibían desde unos metros de distancia por la nevada que mansamente caía. Aristide pensó que ya había cubierto su papel y se fue quedando descolgado del pelotón con la idea de ponerse a buscar su coche en el paisaje navideño que se iba quedando.

- No has cambiado nada, Aristide.

Una mujer le agarró del brazo por detrás y le hizo girarse para recibir unos besos en las mejillas.

- !Cathérine ! !Eres Cathérine!

- !Me has reconocido! Pues yo sí he cambiado encerrada en este poblacho del fin del mundo ¿Cómo está tu mujer?¿Y las niñas?¿Tendrás nietos ya, supongo?

Siguieron la bajada a tierra del ataúd alejados de las últimas filas, poniéndose al día mutuamente de años de sus vidas respectivas, algunos asistentes se volvían de vez en cuando con aires reprobatorios.

No había un bar ni similar abierto en bastantes kilómetros a la redonda. Cathérine le invitó a su casa, vivía sola, su ultimo marido se había muerto dueño de todas las riquezas del valle, las cuales le daban para vivir allí con cierto confort pero no para, vendiéndolas, poder vivir en la civilización.

- Es de noche y con esta nevada te tendrás que quedar a dormir, te prepararé la habitación de invitados – dijo al entrar en el calor de la vivienda-, no me podría perdonar que te pasase algo por mandarte a dormir al refugio de más abajo en el valle.

- No sé, tengo que avisarle a mi mujer – mintió Aristide, su mujer le había dicho que no se le ocurriese volver con el temporal anunciado -, se pondrá celosa si le digo que me quedo a dormir en casa de una dama tan bella.

- Halagador. Ya se lo digo yo – pâsame el teléfono.

Las mujeres hablaron un buen rato, Aristide, siguiendo indicaciones por señas de Cathérine, sirvió unos vasos de whisky. Luego de colgar Cathérine preparó una cena sin dejar de beber ni hablar. Una y el otro hablaron sobre todos los temas de sus biografías, sobre todos, la vida sentimental y laboral de Cathérine había sido tumultuosa hasta que, cuando aun joven y dinámica hubo alcanzado la calma en aquel aburrido paraíso rural de l’Ariège, el difunto tuvo el detalle ése, morirse, dejándole descansar en medio de ninguna parte. Aristide tenía menos cosas que contar y tuvo menos oportunidad de contarlas. Frente a la chimeneta, sentados los dos en el sofá, las horas iban pasando en una intimidad cada vez más envolvente. Aristide le contó la escena del baño, cuando se tropezó con su cuerpo desnudo, aquella imagen en el espejo…

- No me acuerdo de nada de eso, yo era una niña y tû más viejo que mi padre, para mi era como estar desnuda delante de mi padre, supongo – dijo Cathérine levantándose y dándole la mano – pero nos hemos olvidado de preparar la cama de invitados, así que tendrás que acostarte conmigo y ahora ni yo soy una niña ni tû un viejo ¿Qué son veinte o treinta años?

jueves, 16 de julio de 2020

EL CULO DE LA PINTORA ES OTRA HISTORIA

Celia Navascués era telefonista en un servicio de urgencias, la persona que atiende la llamada angustiada, recoge los datos y avisa a los servicios de socorro, a la policía o a los bomberos. Un trabajo de los que generan insomnios y otras alteraciones, Celia, con apenas 40 años, cogía largas bajas laborales, bajas durante las cuales pintaba, desde niña había pintado bastante bien y las incapacidades transitorias las pasaba con los pinceles en la mano, dejando sobre el lienzo sus sentimientos y emociones. Su marido, Roberto Santesteban, le compraba el mejor material que encontraba, le regalaba libros de pintura, le pagaba cursos con los mejores y las mejores enseñantes de pintura que se podían encontrar en Donostia y, sin embargo, las obras que Celia realizaba cada vez eran más oscuras, menos concretas, más manchas de pintura que recordaban quizá manos y ojos, rostros y troncos humanos, a partir de colores burdeos ennegrecidos que asomaban entre chocolates y tierras mojadas… Roberto quiso apartar a su mujer de aquella senda que juzgaba depresiva y siniestra y le convenció de que pidiera una excedencia en su trabajo para dedicarse totalmente a la pintura, no fue difícil convencerla porque Celia sabía realmente que dentro de ella había una artista pero no se había atrevido, carente hasta entonces el matrimonio de un colchón financiero suficiente, a prescindir de otros ingresos ya que jamás había vendido un cuadro. Mientras, Roberto había buscado el amparo de un pintor bastante reconocido que no se prodigaba dando clases y al que tuvo que localizar a través de terceros pues se había escondido en lo más profundo de un valle, quizá del Baztán o algo similar, con su mujer y no se asomaba desde hacía tiempo por galerías y mercados del arte ya que sus estampas vascas de romerías, pelotaris y pescadores se vendían solas.
Txema R. Oinetakogilea había pasado los sesenta años de edad y no estaba acostumbrado a dar clases pero su horizonte limitado por los montes que le rodeaban y la boina calada en su cabeza empezaba a necesitar un poco de luminosidad y la llegada de Celia, una mañana lluviosa de comienzos de primavera, le cambió un poco el carácter.
Si Celia era una mujer ni fea ni guapa pero con un cabello largo negro que le envolvía y le daba un halo mágico con sus ojos de bruja de cuento, Txema era un tipo fuerte de cabeza grande en la que sus dos orejas, aplastadas como hojas de alcachofa por un pasado de talonador en el equipo de rugby de Hernani, enmarcaban una mirada penetrante.
En un principio la alumna donostiarra iba un día a la semana, al mes empezó a ir dos o tres días, a los dos meses iba y, a veces, se quedaba a pasar una o dos noches, incluso los fines de semana su marido le acompañaba en visitas a la casa-taller del pintor donde ambas parejas compartían comida, excelentemente preparada por la anfitriona Amaia, y bebida aportada por Roberto.
Las obras de Celia habían recuperado una luminosidad optimista en la que una temática de desnudos femeninos había ido apareciendo hasta imponerse, de tal modo que Roberto sin ningún esfuerzo se había convertido en un marchante que colocaba fácilmente esta producción por toda España sin necesidad de haber realizado siquiera una exposición.
- El culo de mi mujer está llegando a las mejores colecciones particulares del estado – Roberto solía comentar en las sobremesas abundantemente regadas con los mejores aguardientes que ahora podían permitirse -, y todo gracias a vosotros.
No era un secreto para ninguno que Celia utilizaba un gran espejo que Amaia tenía antes arrinconado para tomarse a sí misma como modelo para sus cuadros, donde sus nalgas alcanzaban un papel central.
También las obras de Oinetakogilea habían evolucionado, ahora siempre aparecía un personaje femenino que dejaba asomar sus posaderas entre caseros, pelotaris y pescadores, en un plano más o menos lejano,  pero sus compradores habituales no se habían incrementado por ello.
En los círculos artísticos vascos se esperaba un exposición conjunta de ambos artistas para un otoño, ya llevaban más de un año de trabajo compartiendo espacio creativo, así que fueron reservando obra  para llenar las paredes, trabajo en que Amaia, la mujer de Txema, se implicaba. Como más tarde le contó a Roberto, esa implicación hizo que, para avisar de que la sala del Kursaal estaba ya reservada en exclusiva a efectos del evento,  irrumpiera en el taller una mañana sin avisar, lo de avisar era norma inmemorial de la casa del artista que no soportaba las interrupciones, y así encontrara a ambos creadores como dos galgos en el suelo en la culminación de un coito placentero. Dado que no quedaba sitio para nadie más entre los genitales de su marido, en modo prensa neumática, y las nalgas de la esposa de Roberto, Amaia no interrumpió, cerró la puerta en silencio y abandonó el estudio y, después de hacer la maleta, la mansión familiar.
Mientras conducía hacia Donostia, sus pensamientos evolucionaron desde el parricidio y feminicidio que el corazón le pedía en un principio hasta el medio de vida que iba a desaparecer con ello, así que decidió contárselo a Roberto y presentarle un esbozo de “business plan” que iba a ser de conveniencia para todas las partes. Y el marido convertido en marchante tardó cinco minutos en estar de acuerdo.
- No quiero ver el culo de mi mujer, mas que en pintura.


jueves, 9 de julio de 2020

MORIRÁN CON LAS CABEZAS PUESTAS

- Lo de follar a cuenta del tesoro público es una tradición muy borbónica – dijo el Marqués de Altamira, ajustándose la mascarilla, después de sorber el vermú -, y la tradición es la columna vertebral de la institución.
- Institución, por decirlo finamente o por no llamarle aberración – replicó el Barón de la Florida y apartó el frasco de gel con el que se había lavado las manos antes de preparar las gildas que brillaban en la porcelana blanca -, que eso de que alguien sea jefe de estado por haber nacido medio tarado de vete tú a saber qué leche que le dio sangre azul y de la camisa vieja de fascista asesino con la que hizo la primera comunión…
- Como dijo Robespierre: “Yo he pedido la abolición de la pena de muerte en la Asamblea – Galtzagorri se alzó para coger otra botella de vino blanco de Rueda y prosiguió -, y os pareció a todos una herejía. No pedisteis clemencia para pequeños delincuentes y ahora la pedís para el mayor de todos los criminales ¿Pedís que se libre el único que puede justificarla? Sí, la pena de muerte es un crimen por lo general y solo se puede justificar cuando sea necesaria para salvar a los individuos y a la sociedad, ni el exilio ni la prisión pueden ser lo mismo para el bienestar público, es la existencia del rey la que provoca la guerra y la muerte. La excepción cruel a la justicia se basa en la naturaleza de sus crímenes, por eso el rey debe morir para que la patria viva”
- A veces me encantas, cacho pedante – Manu Majors acabó la botella de vino blanco  llenando los vasos de los tres que no le daban al “yzaguirre” -, pero este lerdo lo que ha hecho es dejarse quitar la cartera de los pantalones por la meretriz como un camionero en un puticlub de carretera, una cartera con mucha plata pero que se presume suya “iuris tantum”, aunque sea una retrocomisión de lo que sus amigotes del ibex enviaron a peregrinar a la Meca en el ave.
El Marqués de Altamira alzó su vaso de vermú lleno de nuevo y se levantó la mascarilla quirúrgica hasta la frente para exclamar a modo de brindis:
- Por eso el rey debe morir para que la patria viva.
Videobook

viernes, 27 de marzo de 2020

DÍA INTERNACIONAL DEL TEATRO

Me acuerdo de niño, enfermo de sinusitis como siempre, en el dormitorio materno la cama delante del espejo del armario ropero, mi primer escenario donde jugar a representar personajes en monólogos improvisados sobre todos los dramas infantiles que vivía, avergonzado cuando era sorprendido ¿Con quién hablas? Otras veces, haciendo muñecos de papel para jugar sobre la almohada como plató, siendo quien manipulaba y el espectador que observaba en el espejo la comedia incomprensible ¿No juegas con los indios y vaqueros que te hemos regalado? Los papeles de los papeles eran más vivos que los de Toro Sentado y Buffalo Bill.
Los mayores del colegio hacían obras de Jardiel Poncela para las ceremonias anuales de entregas de premios y “dignidades” pero cuando yo llegué a ser “mayor” ya no hubo ocasión.
Mientras, mi madre me había llevado a ver a Arturo Fernández en verano y yo me vestía con la chaqueta de alguno de mis hermanos para jugar delante de otro espejo a ser un dandy irresistible ante imaginarias amistades femeninas rendidas por mi soltura escénica, así que cuando la primera novia me llevó a Esther Remiro para hacer teatro leído, “El cuervo” de Alfonso Sastre, me encontré adolescente jugando a ser mayor en un drama que no comprendía y de Esther Remiro aprendí que el juego teatral no es solo juego sino vida, sacar lo que has vivido, lo poco que había vivido y lo mucho que había leído, en cada personaje y empalmamos un par de obras más, ya representadas en escenarios de colegios religiosos.
En la universidad, un inútil me descartó para el escenario porque tartamudeaba, según él,  pero descubrí que la carpintería, la electricidad, la pintura… forman parte del teatro y encontré a Luis Iturri que me dio lecciones sin darme ninguna sobre los cinco o seis sentidos que conforman la vida teatral y entre whisky y whisky me ordenó acabar una carrera que me diera de vivir y no de morir de hambre, le hice quizá demasiado caso “El teatro siempre estará en ti”, pero el ejercicio del derecho tiene mucho de teatro “Le echas mucho teatro en sala”, “Preparas a los clientes como si fueras un director de teatro, “Con Ud. en sala, no hay quien duerma, siempre improvisando, con qué nos saldrá hoy”…
Además, al principio de la vida de abogado, me encontré con José Manuel Gorospe, almacenero en la empresa de mi hermano, otra lección andante de vivir teatralmente “El cuerpo es la herramienta, cuida el cuerpo, construimos desde el cuerpo”… ¿Cómo olvidarme?
Y las clases en la ESTE, la improvisación, los blancos en la mente, las contradicciones, la complicidad de los espectadores... ¿No eran teatro?
Por fin, con sesenta y dos años alguien te habla de que se necesitan chicos en un grupo de teatro para adultos y así encontré a José Manuel Lángara e hice comedias y un poco de clown, volver a pisar las tablas que estaban ahí, la lucecita que nunca se apaga.
Y, sobre todo, una buena excusa para que Ana Miranda me corrigiera, me calmara en clases particulares y me diera otra lección de vida “para el teatro”.
Luego, vino Biarritz, descubrir la locura del Théâtre du Versant y al “milagroso” Gaël Rabas, puestas en escena que surgen del vacío y del caos para construirse durante el maravilloso momento del espectáculo, de la representación, y luego desaparecer, todo ello con una troupe de fenómenos humanos a los que el viento de la vida nos ha amontonado bajo el busto de Molière.
El confinamiento permite leer, mirar videos, hacer ejercicios, prepararse, siempre hay algún espejo delante del que jugar a representar personajes en monólogos improvisados sobre todos los dramas  que hemos vivido, que vivimos, ya no tan avergonzado ¿Con quién hablas? Y las máscaras se pueden también improvisar mientras por la televisión pasan una y otra vez aquellos westerns del pasado. Los papeles de los papeles están más vivos que los de Toro Sentado y Buffalo Bill.


domingo, 7 de abril de 2019

ULISES Y CIRCE


El interesante madurito Ulises Ibaeta era un viajero emocional al que, a sus cincuenta años, le quedaban hojas en su corazón de alcachofa a pesar de que había navegado de mujer en mujer siguiendo el rumbo que le marcaba la aguja magnética de la brújula de su entrepierna. Durante un tiempo Ulises encontró refugio y calma en el umbrío puerto de Circe Hermosura quien en su cuarentena conservaba por una parte la herencia genética de su divina herencia familiar donostiarra y por otra parte las enseñanzas de un divorcio civilizado con un señorito importante de la prensa presentable de la corte.
A Ulises ya le habían dicho que seducir a una chica con perro era peligroso y Circe tenía perro doméstico, y domesticado lo necesario, pero la pasión ciega los ojos y ensordece los oídos. Y además la pasión nace, crece, se esparce y muere, así que cuando la pasión llegó a su cuarta fase y solo quedaba la opción entre el matrimonio o partir del puerto, surgió el conflicto, sobre todo en el interior del corazón de Circe, Ulises se enteró el último, así que Circe recurrió a la hechicería del siglo XXI para adivinar su futuro perruno y solitario y preparar el plan necesario para su venganza.
Cuando Ulises estaba más confortable en su rutinaria vida portuaria de trabajo, taberna y catre con femeninas piernas abiertas se topó con el anuncio de que la monogamia legal era una exigencia inmediata para Circe y que, como él no tenía huevos para aceptarlo, debía recogerlos, los huevos, recoger el cepillo de dientes eléctrico y cortar las amarras.
No sirvieron de nada sus llantos y súplicas, ni Circe ni su perro se apiadaron, sino que registraron su agonía para emitir el vídeo en la posterioridad, porque además la venganza estaba prevista en todos sus detalles, una denuncia convirtiendo broncas de pareja en malos tratos perpetuos, con la herramienta de una ley que puede ser criminógena, la difusión del sucesos a través de las redes chismosas sociales y su eco en publicidad, pagada de antemano en el banco profesional de favores, en el periódico local que se lee fueron cayendo sobre el alma de Ulises.
Y así no hay odisea que valga, la melancolía no esquiva a los héroes, Ulises se hunde en su barco en medio de la concha incomparable, Circe brilla vengadora por el antiguo trono y su perro caga civilizadamente en los jardines de la playa.

lunes, 4 de febrero de 2019

MI PRIMER SUMARIO


La calle de Casado del Alisal en Madrid está situada entre el Museo del Prado y el Parque del Retiro, junto a la iglesia de San Jerónimo el Real, una calle bastante tranquila. En los años 50, cuando yo, siendo un niño, la conocí, era una calle todavía más tranquila. En el número 4 había un piso que era a la vez oficina de Gustavo Massé y Cía. S. en C., luego Massé SA, y una vivienda. Aquella sociedad mercantil era un negocio familiar cuyo Director Gerente era mi padre. Desde que, con seis años de edad, una neumonía y la reacción alérgica a unos antibióticos dieron un susto enorme a mi madre, ésta me llevaba a Madrid a pasar temporadas y los dos habitábamos en ese piso. Mi madre creía que el clima de Madrid era mejor que el de San Sebastián para mi salud de enclenque. No veía mucho a mi padre, ni en Madrid ni en San Sebastián, al fin y al cabo yo había sido producto de una breve reconciliación entre ambos y mi padre siempre andaba en viajes de negocios, aunque los negocios de mi padre, según oía yo a mi madre en las disputas que estallaban cuando mis dos progenitores se encontraban o se chocaban más bien, eran con “cupletistas, rejoneadoras, gitanas, bailaoras, meretrices y golfas”…
No veía mucho a mi padre pero lo veía, se presentaba de repente por el piso de Casado del Alisal para darme algún regalo, barato y malo casi siempre pero a veces algún libro o “tebeo” que me sorprendía, mi padre tenía la barba muy dura y cuando me besaba me lijaba mi infantil piel de melocotón.
Mis días en Madrid estaban marcados por las interminables misas de San Jerónimo, las sesiones dobles y continuas del Cine Gong que no estaba lejos, los paseos y juegos por el Retiro, visitas al Museo del Prado – me acuerdo de los cuadros de El Bosco que eran mis favoritos -, y al Museo del Ejército, jugar en la calle con los niños y niñas de la vecindad, ir a ver desfiles y procesiones cuando tocaba, en verano una piscina enorme y maloliente atiborrada de gente, porque también me llevaban en verano.

Un día de sol, no recuerdo la época del año, mi padre me llevó a la Casa de Fieras del Parque del Retiro, esto es, al viejo Zoo de Madrid, me puso una gorrilla amarilla de ciclista y me dejó extasiarme delante de las gacelas, no sé si springboks, que eran los animales presos que más me gustaban. A la salida me compró un polo y me dijo de quedarme sentado en un banco y qué volvería enseguida, mientras iba a venir un señor a darme un paquete, que el señor me llamaría Cristóbal – me llamo Antonio Cristóbal José por una gracia de mis padres y padrinos en la pila del bautismo -, y que yo debía esperar el regreso de mi padre sentado sobre el paquete. Así pasó, un señor muy bajo, con gafas de sol y bigotito, como abundaban por Madrid en aquellos tiempos, apareció enseguida con un paquete del tamaño de un libro de misa de la Catedral envuelto en periódicos sujetos con cuerda fina, después de comprobar que yo era Cristóbal dejó el paquete en el banco y me hizo sentar encima. Yo, aunque había acabado el polo, aguanté sentado hasta que mi padre volvió.
Una vez en casa, mi padre se metió solo con el paquete en la oficina, y no volví a ver el paquete jamás, en su despacho creo recordar que había una caja fuerte detrás de una estantería.
Unos cuarenta años más tarde, estaba yo solo en mi apartamento de la calle Miracruz de San Sebastián trabajando en un recurso de suplicación laboral, a veces me iba del despacho para poder aislarme y trabajar en algún tema que requería la máxima concentración, tenía los autos entregados por el Juzgado de lo Social encima de la mesa de la cocina cuando apareció mi padre, Eduardo Massé Osinalde, por sorpresa para regalarme unas mermeladas que había hecho. En sus últimos años de vida, de alguna manera intentó darme un cariño del que yo había sido privado cuando verdaderamente lo hubiera necesitado. Y al ver los autos del juzgado me hizo el siguiente comentario:
- ¿Sabes que una vez yo también robé un sumario del Tribunal Supremo?
Lógicamente interrumpí totalmente mi recurso y escuché su historia de la cual sabía algunos aspectos pero no el de la sustracción del sumario.
Mi abuelo Gustavo Massé Garraus, padre de mi padre, con un socio había inventado un mecanismo para controlar la presión de los neumáticos desde el salpicadero del coche a finales de los años 40 o comienzos de los 50, este invento revolucionario por aquel entonces y muy útil, dadas las carreteras existentes, nunca llegó a funcionar correctamente y los dos inventores no pudieron explotarlo. Pero otra empresa inició acciones judiciales contra mi abuelo y su socio por “robo de patente”, esta empresa, cuyo nombre no cito porque su razón social se sigue usando por algunas sociedades mercantiles existentes en España, estaba muy vinculada a un importante elemento del Régimen, la dictadura totalitaria nacional católica imperante en España por aquellos años obscuros, así que el socio de mi abuelo, un tal Zabala, abuelo de un compañero mío del colegio, se deshizo de todos sus bienes en España y se fue a vivir a Saint Jean de Luz. Mi abuelo hizo lo mismo con su patrimonio  y, con la ayuda de su familia y sus abogados, se hizo insolvente pero se quedó. Llegó la condena, al parecer inevitable, de mi abuelo que significaba pagar una indemnización cuantiosa en pesetas al supuesto perjudicado y se interpusieron recursos por lo que la causa acabó en el Tribunal Supremo, donde tardaron años en resolver definitivamente con la confirmación. Y en este trámite me añadió mi padre su intervención, el abogado necesitaba ganar tiempo para hacer inatacable la insolvencia del abuelo, así que mi padre contactó con una persona que, a cambio de un pago en metálico, entregó a mi padre los autos para que los guardara unos años y que se los devolviera cuando le conviniera o se le avisase que se iba a proceder a reconstruir el expediente, ante su desaparición. Mi padre los custodió durante años en el piso de Casado del Alisal y un buen día, cuando ya no era útil alargar el proceso, los devolvió.
No le pregunté si la causa sustraída fue el paquete que se me entregó siendo niño en la puerta de la Casa de Fieras, él no lo mencionó y supongo que no hacía falta.
Las mermeladas de mi padre eran buenas pero no excelentes, me venían bien para el desayuno sin más.

miércoles, 23 de enero de 2019

TRIBUNA NORTE

“Una persona me recuerda que me contó una historia personal para que yo la incluyera en una novela, novela que nunca he escrito y que puede que nunca escriba. Con su permiso, recojo lo que me dijo en un pequeño texto de ficción”


En Donostia se pueden tener unos ingresos dignos como abogada ejerciente, más de treinta años de edad, novio estable… y vivir en casa de tu madre, o compartir gastos con una compañera de piso que percibe una pensión laboral y una pensión compensatoria de un ex-marido y que además te parió hace unos años. Es mi caso. Y también es el caso de mi novio recién nombrado, nuestra convivencia es de fines de semana, en su casa o en la mía, que mi madre no se escandaliza por ello, ni yo tampoco cuando se trae a alguno de sus compañeros de baile en el Costa Vasca a agonizar gloriosamente en su cama -lo de llamar al 112 no es broma -, así que perspectivas de futuro en común hay, quizá una convivencia próxima como ya lo hice en su momento con otro novio anterior, pero no hay prisa, no estamos obsesionados.
Tampoco somos novios de los que necesitan estar todos los días juntos ni pasarnos mensajes a cada rato, babosidades las justas y después del segundo gin-tónic los viernes a la noche. Todos y todas tenemos derecho a nuestro orgasmo semanal al menos, aunque ya me gustaría que se esforzase un poco más siempre y no solo cuando la Real Sociedad gana. Además a mi novio le gusta mucho el monte y a mí también me gustan las excursiones montañeras. Una subida dominguera al Txindoki cada año o así ya me cubre la dosis de afición. Una vez, vacaciones de verano, me llevó a un refugio de los Pirineos y me juré nunca más volver a pasar una noche de suplicio como aquélla, aunque fuera para hollar una cumbre perdida a más de 3.000 metros de altura, en las fotos quedé muy bien pero con ojeras.
Lo que voy a contar pasó un puente, un puente en que mi novio y sus amigos se fueron de monte, a hacer una ruta nevada e irresistible por uno de esos paisajes que quedan tan bonitos como fondos de pantalla en el ordenador del despacho. Yo me resigné a quedarme sola en la ciudad, alguna amiga o conocida me dijo que ella también se quedaba, así que si, después de preparar un recurso que se me retrasaba y que vencía a la vuelta del puente, me apetecía salir, siempre podía pasar una noche de “chicas malas solas” en alguno de los dos antros con que cuenta la vida nocturna local.
El recurso lo preparé y acabé en la primera mañana del puente que la pasé sola en el despacho, me disponía a irme a casa a comer las vainas sin sal de mi madre, que se cree que cocina bien encima, cuando me sonó el teléfono. Era un viejo colega, uno de esos veteranos abogados, medio profesor medio personaje de comedia, que pasea una cierta elegancia muy donostiarra por los pasillos de los juzgados y al que hacía un tiempo que no veía. Y me llamó para invitarme a comer bogavante, me explicó que estaba en la cama con una pierna recién operada a consecuencia de una fractura en un accidente de moto, que un cliente pescadero le había regalado unos bogavantes frescos y que se los habían preparado pero que le habían dejado solo el puente y que había pensado que quizá yo le haría el honor de compartir mesa y mantel con él.
Reaccioné bastante rápido y aceptando el plan, a pesar de que me dijo que no hacía falta que llevara nada, yo tenía en el despacho una botella de txakolí del bueno, del que no es txakolí más que de nombre, y me planté en su casa con ella. El hombre tardó en abrirme, porque se desplazaba con una pierna rígida y envuelta en plásticos, pero había preparado una mesita baja con los bogavantes y algunas otras delicatessen que me hicieron salivar en cuanto las vi.
Es un madurito interesante, que se suele decir. No me preocupé de averiguar si yo había sido su primera opción o la décima, pero fue una comida plena, llena de buenos alimentos y deliciosas bebidas para cuerpo y alma, comida en la que me reí, hablé, fui escuchada y que se me pasó como en un film muy entretenido. Recogí los restos de la mesa, preparé cafés y copas y me senté en el canapé que ocupaba, entre su pierna y el borde. Supongo que enseguida me empezó a acariciar el pelo, la verdad es que la situación era confortable, su cuerpo grandullón y envuelto un poco en colonia, su camisa que dejaba ver el pelo en pecho, las tonterías y maldades que podía decir sobre unos y otros de los conocidos comunes, la música que sonaba al fondo, todo era propicio para la intimidad más íntima, así que después de un pase por la sala de baños para evacuar exceso de líquidos y comprobar que yo tampoco estaba mal, regresé para recostarme contra él y besarle, besarle inmediatamente, besarle con todo mi cuerpo detrás, lo cual hizo que el canapé se volviera insuficiente enseguida para contenernos, sobre todo cuando sus manos empezaron a buscar botones, ojales y cierres de sujetador.
Así que sugirió que estaríamos más cómodos en la cama de su dormitorio y era lo lógico, y con mi ayuda se extendió sobre el lecho, quedándose solo con la funda clínica de su pierna. Le expliqué que yo no pensaba quitarme las bragas, que lo sentía pero que quizás otro día, que me apetecía un poco más de cariño “light” y que, al fin y al cabo, tenía novio y que una cosa es un profundo achuche y otra ponerse a follar con un viejo maestro. Pues así pasamos la tarde, entre sorbitos de gin-tonic, unas sobaditas mutuas en las tetas, me encantaba el tacto de su pecho contra los pezones, a veces su mano , no sé cuál, bajaba lentamente por mi culo hasta que alguno de sus dedos me tocaba el interior en busca de la pepita sensible, la punta de su pene perdía gotitas contra mi braguita, incluso alguna vez me bajé a lo largo de su cuerpo hasta poner mi boca muy cerca de su glande pero resistiendo la tentación de besarlo y volviendo a pasar rozando suave su piel hasta su boca y cuello. En un momento dado, estaba concentrada en las sensaciones que su dedo extraía, como ondas violetas, de mi clítoris, cuando me dí cuenta de que cambió de broca, sin pedir permiso, y era su glande el que estaba jugando en el umbral de entrada, con cuidado de que no se saliera, me alcé lo suficiente para mirarle a los ojos y lenta y metódicamente retrocedí sobre él hasta  tener todo su pene en mi interior, cerré los ojos. Y estalló, sentí que se venía dentro de mi a borbotones, sacudidas y líquido, y acto seguido desde todas mis extremidades millones de hormiguillas locas corrieron hacia el centro de mi clítoris, fue un orgasmo de récord, de dejarme tirada sobre él, pequeños orgasmos siguieron, no me atrevía a moverme para no romper aquel estado catatónico. Ya era tarde, me quería ir. Me pidió que me quedara a pasar la noche, pero le dije que no, que aquello no era lo previsto. Me miraba con una cara de compungido y, a la vez, encantado que me daba un indescriptible placer. Le dejé así, después de pasar por el baño a arreglarme un poco, tiré las bragas a la basura de la cocina, claro. Le pregunté si quería croissants para desayunar, conozco donde venden los mejores de Donostia, y le dije que a lo mejor le traía alguno a la mañana siguiente.
Regresé a casa hablando por teléfono con mi novio, la excursión estaba siendo un éxito pero el tiempo iba a peor, le dije la verdad, que le echaba de menos, que me apetecía tenerle a mi lado aquella noche, que me acariciase hasta quedarse dormido, siempre se duerme el primero.
A la mañana siguiente, la ciudad seguía deshabitada de sus residentes, los turistas empezaban a pasear por todas partes, compré los croissants, toqué el timbre, tardó en abrir, se había vuelto a tumbar en la cama cuando cerré la puerta del piso, dejé los croissants en la mesa de la cocina y toda la ropa en las sillas de la cocina, menos unas bragas rojas que me sientan estupendamente – casualmente las compré por recomendación de una amiga abogada que tiene siempre un folla-amigo a mano -, y corrí a tumbarme encima de él y a recorrerle la cara, las orejas y el cuello a besos, él solo dijo, mientras levantaba el elástico de la cintura de mis bragas, algo así como: “aquí sobra algo”. Me giré y me las quité de un rápido movimiento.
Ha pasado tiempo desde aquel puente, por cierto le convencí a mi novio para que regresara antes de la excursión, de vez en cuando le veo al viejo, no tan viejo, abogado, incluso una vez fuimos juntos a su casa donde, ya recuperado de su lesión, tuvimos una tarde de té con pastas y un par de revolcones, y otra vez, la última, me cogió de la mano a la salida de los tribunales y me llevó corriendo, - yo también le llevé, claro -,  al hotel más próximo, donde me estuvo comiendo todo lo que se puede comer sin tragar, hasta el agotamiento. Pero que quede claro, mi relación con mi novio va como nunca de bien.