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jueves, 17 de febrero de 2022

TIENES MEJOR CARA

Hay veces que una frase suena falsa desde la primera palabra y Galtzagorri fue consciente en cuanto lo dijo:

- Tienes mejor cara.

En realidad, debería haber dicho “La mejor cara te tiene a ti” o algo así, porque era la cara la que sostenía el alma de ella, al contrario que en el tópico, su cara no era el reflejo del alma, su cara era el impulso del alma. El escaso maquillaje pero bueno, puesto con ese gusto que siempre le había conocido, los labios pintados sin parecer que estaban pintados, las gotas de perfume que se alzaban involuntariamente de su ropa… todo estaba hecho para tener mejor cara y permitirle vivir un día más de actividad, aquella actividad eléctrica de trabajadora autónoma que no se puede permitir un momento de debilidad.

Laura Osinalde le puso el café con leche y la “chocolatine”, así llamaba al bollo preñado de chocolate que Galtzagorri tomaba cada mañana en su establecimiento. No había más clientes en la barra a aquellas horas de la mañana, en una de las cinco mesas, una treintañera con exceso de peso hacía engullir zumo de frutas, tostadas con mantequilla y mermeladas de colores imposibles y barritas de cereales a un infante adormilado y embobado con una pequeña consola. Niño candidato inevitablemente a la obesidad, pensó el abogado, mientras la madre devoraba su propio desayuno y lo que su hijo iba abandonando.


- Laura, trabajas demasiado. Los tiempos de pandemia han sido difíciles, ya, pero todos tenemos un límite y tú estás al borde de pasar esa frontera.

- ¿Me vas a echar los tejos como de costumbre u hoy te toca el día paternal increíble? Tengo que pagar la renta a los caseros, la luz a los oligopolios, el préstamo a la kutxa sanguijuela, los bollos han subido lo que quieras, los clientes se han acostumbrado a trabajar en zapatillas en la mesa de la cocina y las marujas que dejaban a los niños en el cole y luego se pasaban la mañana aquí se han extinguido con el cambio climático… abro 15 horas al día, yo sola, este negocio porque no puedo abrir 24 horas como los vietnamitas, que algunos céntimos más sacaría seguro.

- Laura, Laura, solo tenemos una vida y no podemos pasarla ya en el infierno o paras y ordenas tu vida o la vida te parará a ti por sorpresa.

- ¿Y de puta? ¿Tú crees que de puta no se es más esclava? Esto es el paraíso, señor letrado, esto es el paraíso en comparación con aquello. Enseguida vuelvo, voy al baño.

Y Laura, después de recoger el pago de la oronda vecina, se refugió en la intimidad de la última puerta al fondo a la izquierda.

jueves, 14 de octubre de 2021

REBANADA DE GUION


 

SECUENCIA DE UN AÑO ANTES APROXIMADAMENTE EN DONOSTIA

INTERIOR NOCHE, 21 horas, ambigú de sala de conciertos, los espectadores vestidos elegantemente se van acercando a la barra saliendo de la sala de butacas y de las plateas, hay camareros con bandejas de copas de cava, se forman grupos que departen con una copa en la mano, Miren y Aitor están de pie junto a una mesita alta con una pareja de edad algo superior, Esther (45 años) y José María (50 años).

ESTHER

(Leyendo un programa)

música en secuencia con microtonalidades y abanico de arpegios con armónicos artificiales… ¿Y a esta mierda le han dado un premio?

MIREN

(Después de acabar una copa)

Pues has aplaudido como una posesa al finalizar la pieza.

ESTHER

(Miren coge una copa a un camarero que pasa)

Hay que aplaudir al director que había hecho un esfuerzo enorme para interpretar la partitura.

AITOR

(Retirando la copa nueva de la mano de Miren)

Estos premios buscan descubrir nuevos talentos de la música vasca, supongo que esto era lo menos malo de lo que se presentó… o que la compositora es la hija secreta del lehendakari

MIREN

(Cogiendo otra copa y bebiendo casi toda)

No seas idiota. Esto lo componen para que los pijos podáis poner cara de entendidos.

(Miren acaba la copa y coge de la mesa una copa que José María ha dejado intacta)

JOSÉ MARÍA

No me importa que la tomes, yo no iba a beberla.

MIREN

(Bebiendo de un trago)

No me jodas con tus ironías.

(Esther la asesina con la mirada y Miren deja la copa vacía en la bandeja de un camarero que pasa, suena el timbre de advertencia)

AITOR

Vamos para dentro, que empieza la segunda parte.

(Aitor coge del brazo a Miren que al darse la vuelta da un traspiés pero con la ayuda de Aitor no llega a caerse, Esther dice algo al oído de José María y luego en voz alta)

ESTHER

Mozart ahora ¡Qué descanso para los oídos!

(Los cuatro se dirigen hacia la puerta de butacas con los demás espectadores pero Miren, sin entrar, se vuelve y corre hacia los baños, Aitor se queda esperando)

martes, 22 de junio de 2021

SNIPER

Ajustó la mira telescópica Steiner, un modelo de la serie M7, al rifle Sako tipo TRG M10 y se puso en posición, la cabeza guardaba un pequeño murmullo apenas doloroso en lo más profundo, los dos Oxycotin del desayuno habían tenido una efectividad de más del 99% y se sentía en la forma suficiente para alcanzar el objetivo. Tumbado sobre el contrafuerte de la vieja fortaleza militar veía perfectamente, a través del visor, la puerta de la villa bajo el sol triste de un mediodía vasco, no llovía pero se sabía que el sol existía porque había unas nubes de un gris más claro que todas las demás. Supuso que el objetivo saldría por esa puerta con una taza de café en la mano, silbaría al perro, un lobo belga adiestrado por la Guardia Civil irónicamente, charlaría cariñosamente con el animal y bebería el café antes de regresar al interior por otras 24 horas. Había pensado un disparo a la taza en el momento en que estuviera bebiendo, posiblemente le destrozaría la boca y le rompería las cervicales de delante atrás, por si acaso un segundo disparo a la cabeza, con el cuerpo caído, que tendría efectos disuasorios sobre “El cojo”, que, agazapado en el umbral, no saldría durante un tiempo, así él podría alejarse tranquilamente hasta el coche, ya enfilado hacia la pista al otro lado de la colina, apenas 20 metros de distancia. Desde que había salido de los malditos Balkanes, éste era el primer trabajo un poco serio que tenía, la verdad es que la NATO le licenció cuando aún podía seguir en activo por la edad y su estado físico pero su tiempo de compromiso militar había acabado ya un año antes y no cabían nuevas prórrogas. Palpó el bolsillo de la chaqueta por fuera, la caja de Oxycotin estaba en su sitio, el zumbido parecía querer apagarse en su interior, suponía que era un recuerdo permanente de su dedicación profesional a eliminar enemigos, enemigos del ejército al que estaba adscrito, en aquel clima insoportable, sobre todo en invierno. 

Dentro de la casa, en la cocina, “El rizos” observaba a su subordinado afanarse en prepararle el café, verle arrastrar la pierna anquilosada era un espectáculo que le hacía sonreír, siempre acababa teniendo que preparar más tazas en la Nespresso porque, antes de llegar a la mesa en que él esperaba, iba derramando líquido por el embaldosado. El whisky Aberlor 10 no se le caía a "El cojo", llevaba la botella sin abrir hasta la mesa y allí se servía una buena dosis en un envase de Nocilla que usaba como vaso. Con el primer confinamiento de la pandemia "El rizos" se había instalado en la mesa de la cocina para tele-trabajar, controlar sus negocios desde el ordenador le había costado un cierto esfuerzo, antes, era su hijo el que se encargaba de la informática pero se había marchado con su mujer a Colombia justo antes de que estallara la alarma por el virus asiático y no parecía que ni podía ni quería regresar. Ahora controlaba las normas de seguridad necesarias para que no se detectasen sus movimientos de mercancías, los cobros, los pagos y no necesitaba salir de casa, “El cojo” se desplazaba por él si era estrictamente necesario, además “El cojo” se encargaba de comprar los platos cocinados que calentaban en el microondas y de tener el nivel de porquería de la casa a una altura aceptable, nunca pasaba de la cintura. Cogió la última taza de café y la completó con lo que quedaba de las dos anteriores, dejó su puesto delante de la pantalla al otro, el sistema requería una observación continua de los mensajes, y se dirigió hacia la puerta con la taza en la mano. El teletrabajo tenía para él además otra ventaja, la seguridad, últimamente había tenido demasiados accidentes, una rueda delantera que estallaba en plena curva junto a un desfiladero, un cable cruzado entre dos árboles cuando regresaba en moto de una ronda de vigilancia por los clubes, un camión sin frenos y sin conductor en la cuesta por la que caminaba hacia una cita con un policía comprado… no creía en las casualidades, solo su buena suerte y la torpeza de la competencia le mantenían con vida. Así que solo salía de casa para darle una golosina al perro y seguir así manteniendo su fidelidad, aunque el chucho ya estaba viejo y tenía que pedir a alguno de sus contactos policiales que le consiguiera otro y así poderle pegar un tiro a este baboso, no soportaba las babas de perro, luego “El cojo” lo enterraría junto a los anteriores en un rincón del jardín. Abrió la puerta.

(Continuará)    

  

miércoles, 2 de junio de 2021

BILBAINITA


- ¿Sigues enamorado de la bilbainita? - Zulema preguntó a Mikel desde el baño -.

- No seas tonta, yo estoy enamorado de ti, te lo he demostrado y, en cuanto vuelvas al catre, te lo vuelvo a probar.

- Los hombres creéis que por decirnos “te quiero” mientras la tenéis metida, ya es una prueba de amor. Confundes tus deseos momentáneos, tus fantasías conmigo, las ganas que me tenías… con estar enamorado.


Zulema hablaba saliendo desnuda del baño del hotel y dirigiéndose lentamente hacia la cama, Mikel, debajo de las sábanas, la observaba sintiendo que la excitación volvía a poner en marcha la erección. En cuanto ella se acostó, él volvió a abrazarla y a acariciarla con voracidad, ella le dejaba hacer pero conteniendo sus ganas de completar el juego.

- Está muy bien que nunca lleguemos al final del destino del viaje de cada fin de semana sin pararnos en un hotel de carretera a sacudirnos el polvo del camino, como dice tu colega, pero la cara que pusiste ayer en la cena cuando mencionó que había quedado con “tu bilbainita”… parecía que te iba a salir la úlcera gástrica por los ojos, fue un instante, pero fue como leer tu biografía sentimental en una sola imagen.

Mikel detuvo su exploración ginecológica y le miró a los ojos.

- Creo que confundes un reflujo de la acidez del bacalao con un ataque de celos, la bilbainita siempre fue el gran amor frustrado de Sebastián, la conoció cuando era una niña en uniforme colegial y él estaba en quinto de carrera, ella se le entregó ingenuamente y el hijodeputa la dejó por otra sin ninguna explicación, más tarde en un breve paréntesis con su novia oficial y con la que luego se casó, se las arregló para dejarla embarazada y luego, desembarazada ella y él recién casado, en cuanto se la encontró volvió a saltarle encima como si tal cosa, para olvidarla a los cinco minutos. Pasaron los años, yo me la encontré un día en Bilbao y ella me contó todo esto y todo lo que le había marcado “mi amigo”. Te doy mi palabra que me dejó llorando entonces. Y ayer el tipo nos cuenta que se la ha vuelto a encontrar callejeando por Bilbao y que ha quedado este fin de semana con ella, cuando su novia actual está en Barcelona arreglando sus papeles de divorcio para casarse con él, que yo lo sé y lo sé muy bien.

Zulema quieta escuchó el discurso entero. En los ojos de Mikel había la humedad de unas lágrimas nacientes, a veces la ingenuidad de su novio le sorprendía. Le besó en la boca y comprobó con la mano que la erección había desaparecido, empezó a ponerle remedio.  

- Tú lo sabes porque escuchas conversaciones ajenas con avidez, cariño. Hay amores que duran una eternidad y se expresan con sexo intermitente, “tu amigo” y “la bilbainita” se aman porque solo están juntos cuando la corriente les acerca, si tuvieran que compartir el papel higiénico del mismo retrete todos los días… no sería lo mismo.


miércoles, 12 de mayo de 2021

Brève rencontre (Still life)

Aristide Labarthe intentaba recordar la letra de “Nini, peau d’chien” la vieja canción de otro Aristide, Aristide Bruant, mientras caminaba por las calles de París, cerca de la Plaza de la Bastilla, provisto de su mascarilla azul, más azul que el cielo gris de la mañana de mayo que le acompañaba.

El hidrogel de la oficina ministerial en la que había pasado la mañana - hay cosas delicadas que no se pueden hacer por vía telemática en la burocracia -, le había dejado la epidermis de las manos suave como la piel de una muchacha parisina, quizá se llamaba Catherine como aquella novia que tuvo un verano de su lejana adolescencia. 


Catherine era la sobrina parisina de un chef reputado de un restaurante de la Côte Basque y pasaba parte de las vacaciones de verano en casa de sus tíos, ocupada en pasear el perro de éstos, ya que el absorbente trabajo del matrimonio les impedía ocuparse del ridículo caniche. El tímido y miope Aristide alternaba el rugby en la playa con sus amigos, lloviera o no, con los cuidados y caricias a Catherine pero ésta encontró un amor más fuerte en París y dejó de pasear por Anglet su blanca epidermis con el rubio vello que Aristide, cuarenta años más tarde, recordaba nostálgicamente, caminando por los adoquines de la margen derecha del Sena en busca de una panadería donde comprar un bocadillo, estando cerrados los bistrós y restaurantes.

Rompiendo los gestos barrera, unas suaves manos perfumadas, un aroma inolvidable del pasado, taparon los ojos de Aristide y una voz femenina preguntó con alegría desbordante:

- ¿Quién soy?

Los veranos de los 80 proyectaron una cascada de imágenes con banda sonora de “Les lacs du Connemara” del incombustible Sardou en el cerebro de Aristide.

- ¡Catherine!

La autora de la sorpresa le soltó una bofetada en la mejilla derecha que le colocó la mascarilla en la oreja izquierda, poniendo en evidencia que era zurda y Catherine era diestra.

- ¡Gilipollas! Soy Amélie.

Aristide intentó excusarse pretextando la mascarilla, pero Amélie iba incrementando su enfado velozmente y, aunque había dejado de practicar el decathlón algunas décadas antes, Amélie seguía estando aparentemente en un estado de forma envidiable y con su envergadura y carácter era capaz de tumbarle delante de la cola de clientes del establecimiento, que asistían encantados a la comedia que los dos les ofrecían espontáneamente rompiendo el tedio.

- Claro, Amélie, mi alumna favorita, la campeona del liceo… ¿Cómo te va?


jueves, 29 de abril de 2021

ELOGIO DE LA INFORMÁTICA CON LA EDAD


Me llaman para una encuesta sobre “viejos e informática” o algo así para un trabajo sociológico, la amable encuestadora me hace una serie de preguntas que intento contestar sinceramente y mis respuestas, al parecer, se escapan del esquema prefijado en su cabeza o en la tesis que alguien quería demostrar al realizar este trabajo de campo, verdaderamente de campo en mi caso, porque se puede decir que estoy en el campo, más bien entre pinos y los maizales recién sembrados…

Nací en la primera mitad del siglo XX en una fábrica de motores diésel, una fábrica que empleaba tecnología avanzada para la época, habiendo pasado de la fabricación de motores gasógenos a este tipo de motores para camiones y barcos -mi padre había estado en la casa Bosch en Alemania en los años 30 donde se había formado en la materia -, así que la mecánica, la electrónica, la química aplicada a la fabricación, desde el dibujo industrial de las piezas, los modelos, la fundición, el montaje hasta el banco de pruebas, el embalaje final, la oficina y la contabilidad, eran mi cuarto de los juguetes, donde escuadras, cartabones, tiralíneas, amoniaco, papel químico, bielas, pistones, cigüeñales, bujías, camisas, aceites, baterías, gasóleos, cableados, rodamientos, limas, martillos, llaves, destornilladores, cajas registradoras, calculadoras mecánicas… eran los juguetes que tenía al alcance de mi mano y de mi curiosidad.

Los motores se basaban en principio en los Berliet que se fabricaban en Lyon pero evolucionaron, para los de menor cilindrada, a algún modelo original que vi nacer en la mesa familiar y empezar a evolucionar dibujado con mayonesa en un plato vacío de ensaladilla rusa. 

Quiero pensar que absorber desde la cuna la creatividad, el plagio, el humo, la industria, la fabricación, la mecánica, la reparación y demás componentes de las máquinas que nos rodean, fue un componente esencial de mi relación con la informática.

La informática apareció poco a poco de la mano de IBM y era un espectáculo el asomarse a la Escuela de Informática de Deusto, que estaba pegada a la Comercial de Deusto donde estudiaba, y ver pasar las fichas perforadas por el abierto tubo digestivo de aquel monstruo gris y que siempre pronosticaban la victoria del Athletic de Bilbao en la Copa del Generalísimo.

Las primeras calculadoras electrónicas llegaron cuando aún usaba la mecánica en el Credit Lyonnais para cuadrar el balance de caja diario con sudores colectivos de toda la agencia – no nos podíamos ir a comer sin que cuadrase y aquel horario de 8 a 15 horas producía mucha hambre cuando un céntimo faltaba o sobraba al cierre de caja -, mientras, Carrero Blanco asistía a su última misa retransmitida por télex a toda velocidad, toda velocidad que la cinta perforada podía alcanzar.

Entre la muerte del sapo gallego de cuyo nombre no quiero acordarme y el 23F del insomnio, nos empezaron a llegar las máquinas de escribir eléctricas con memoria, memoria que IBM y Olivetti hicieron crecer hasta parir la impresora y el ordenador de sobremesa en el despacho de abogados, en principio sito junto a Gispert, lo que facilitaba la adquisición de aquellas modernas herramientas. Creo que el primero que tuvimos en Lan o Sunion fue Nokia, sin embargo. Enseguida me puse uno idéntico en mi propia casa e hice un cursillo de programación en la Cámara de Comercio – programé un juez que aplicaba atenuantes y agravantes con criterio exacto para fijar las penas -, así que cuando me llegó un asunto complejo, el caso de los violadores de la costa vasca, pude usar un gestor de base de datos para analizar los delitos y lograr la inocencia de mi defendido que, interrogado por la guardia llamada civil, había confesado varios de ellos cuando las circunstancias de tiempo y lugar de los mismos los hacían imposibles. Volví a usar el mismo procedimiento en el caso del violador sin piernas pero, a pesar de que conseguí su absolución de algunos hechos que no cometió, nadie persiguió a quienes, se podía deducir de mi trabajo, eran autores de otros de los delitos. La Justicia no estaba preparada para la informática.

Por suerte, en mi despacho colectivo, ya Sunion, hubo quien se hizo adicto de la informática y acaparó formalmente este área, lo que me permitió desarrollar discretamente mis capacidades y conocimientos. Esto fue muy útil cuando me divorcié de mis socios definitivamente y tuve que irme llevándome copias físicas importantes de discos duros y copias nada importantes de discos duros, porque de todo hay en las memorias descuidadas de algunos -el fuego, el fuego en una vieja chimeneta es muy útil para borrar contenidos y pistas, no hace falta quemar el edificio de hacienda -.

En estos momentos tengo dos ordenadores portátiles, Dell y Lenovo, que funcionan bien, tengo restos de otros del pasado que guardo, a veces los tengo que usar para suplir a los titulares en averías y carencias, y estoy en demasiadas redes sociales, aportando contenidos.

Volviendo al principio, la informática es mecánica, en realidad no es más que un juego de válvulas de pequeños motores electrónicos, hasta mi bisabuelo hubiera podido usarla.






jueves, 28 de enero de 2021

NO QUERÍA


- ¿Estás arrepentido de algo de tu vida, Jon?

Habíamos hecho el amor, demasiado rápido, no estaba seguro de que ella hubiera disfrutado, yo tampoco había disfrutado mucho, consciente de la brevedad de mi empeño, ninguno de los dos, era evidente, queríamos dejarlo ahí, ella, recostada sobre su lado izquierdo, espléndidamente desnuda, más larga que yo, fumaba con su mano derecha, un cenicero improvisado entre los dos, dirigía el diálogo, haciendo las preguntas, que no esperaban una confesión sincera indudablemente.

- ¿Algo que no deberías haber hecho?

- No sé, he hecho cosas que no debería haber hecho, muchas, muchas veces, pero arrepentirse no es la palabra, no hay arrepentimiento, hay rabia por no poder reparar lo que se rompió, pero quizá no era consciente de que estaba haciendo daño, quizá lo que ahora me parece un error fue consecuencia del daño que ya estaba hecho antes.

- No me refiero a tu matrimonio, tampoco a que te hayas atrevido a acostarte conmigo. Los coitos adúlteros son meros incidentes del camino de una pareja, para mi carecen de importancia, yo lo hice cuando estaba casada, mi marido, y padre de mis hijos, saltaba sobre todo coño que se le pusiera a la distancia adecuada y podía ser irresistible ¡Dimelo a mi! Así que yo no me iba a enfadar con aquellas desgraciadas, aunque alguna se pusiera pesada con él y llegara a molestarme.

- Your cigarette is finished.

-  And my tailor is rich. Es que tenía la impresión, cuando has acabado, que seguías igual de tenso que cuando hemos entrado en la habitación, que tu conciencia de jesuita te estaba llamando al arrepentimiento, como que te sentías mal de estar conmigo, de disfrutar con el sexo…

Retiré la portada doblada de revista que había recogido cenizas y colilla y cuidadosamente la puse en la mesilla de mi lado de la cama, luego puse mi mano izquierda en su entrepierna y me aproximé a su cuerpo de papel áspero y alambre, empecé a besarle las cejas y la punta de la nariz, ella se dejaba hacer con la mente ausente, sin responder, sin reaccionar.

- ¿Qué es lo que más te gusta? - pregunté-.

- Los pezones, que me chupen los pezones, desde que di de mamar a mis hijos, es lo que más me gusta...

Ahora, tiempo después de aquella noche en el hotel, que recuerdo estas conversaciones con ella, me hago la pregunta “¿Estás arrepentido de algo en tu vida, Jon?”.  Me respondo con toda la sinceridad que puedo, nadie va a escuchar mi confesión.

- Me arrepiento de los treinta meses que siguieron a aquella primera noche, dos años y medio de mi vida perdidos a su lado, la primera noche tenía que haber sido la última, en aquel hotel aprendí todo lo que ella me pudo enseñar.


miércoles, 5 de agosto de 2020

REBANADAS DE LA VIDA: TIPICA HISTORIA

Prôlogo: El texto está escrito con un teclado francés. El original hablaba de C. y no de Cathérine. Al publicarlo en castellano me ha parecido que el uso de una inicial "cosificaba" a una persona, la protagonista de esta "tranche de vie".

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Aristide Labarthe, cuando sus hijas eran unas preadolescentes, contrató una baby-sitter, en realidad la contrató su mujer, para que cuidase de las mismas durante las vacaciones escolares de verano mientras que el matrimonio trabajaba. Las pequeñas Labarthe, un par de crías de 10 y 12 años, permanecían en casa en Baiona o iban a alguna de las playas cercanas con Cathérine que cuidaba de que comieran lo que su madre había dejado preparado o de que no se tostasen demasiado. Habitualmente Cathérine, que tenía 16 años o poco más, llegaba para el desayuno sobre las 9 de la mañana y desaparecía para la merienda sobre las 5 de la tarde, o sea que, como él salía de casa hacia las 8 y regresaba hacia las 7, apenas conocía su rostro. Pero la señora de Labarthe había alquilado una casa en los Pirineos para pasar unas vacaciones en familia y tuvo la idea de invitar a Cathérine para que les acompañase como una más de la familia, sin obligación de trabajar aunque le pagase el salario como hasta entonces. Y Cathérine les acompañó. La casa era un gran chalet destartalado en Luz-Saint Sauveur con cocina, sala, comedor y el dormitorio del matrimonio en la planta baja y más dormitorios en una primera planta, un jardín con diferentes tipos de hierbas más o menos cuidadas rodeaba la construcción. Las excursiones se sucedían, visitando lagos, picos y circos de montaña, a veces descansaban en el pueblo yendo a la piscina municipal o a un balneario. Cathérine parecía la hija mayor y se responsabilizaba de las otras niñas espontáneamente. El matrimonio estaba encantado con su compañía.Cuando la quincena tocaba a su fin, una tarde al regreso de una excursión más dura de lo normal, la señora Labarthe ocupó la sala de baño de abajo para ella sola y remitió a su esposo a la ducha del primer piso, asî que Aristide se resignó a entrar en un encharcado cuarto de aseo porque sus hijas, después de un rápido paso por el agua y el jabón ya se encontraban jugando en el jardín. Cuando Aristide abrió la puerta y vio a Cathérine reflejada en el vaho del espejo, la imagen de una mujer desnuda en el vapor del ambiente, no la reconoció, quizá por eso se quedó paralizado mirando el cuerpo blanco, la cara, el cuello, los brazos oscurecidos por el sol del dîa, el pubis triangular de pelo negro…

-¿Quieres ducharte? Ya he acabado – Cathérine dijo saliendo de la bañera y secándose la cara con la toalla frente al espejo, su culo absolutamente blanco le deslumbró -, la fregona está detrás de la puerta.

Cathérine se enrolló la toalla y se volvió.

- ¿Me dejas pasar? Me voy a secar en mi cuarto.

Aristide se apartó sonrojado.

El verano se acabó, pasó el tiempo, mucho tiempo, quizá 20 o 30 años, sin que Aristide tuviera noticias de Cathérine. Aristide y su mujer siguieron las etapas de la vida sin separarse mucho, las hijas se casaron, también llegaron nietos. Las rutinas se alternaban con pocas sorpresas hasta que hubo un funeral de esos a los que hay que ir inevitablemente, el funeral de un pariente cercano, un anciano hermano de su padre y que era el último de aquella generación. Aristide fue solo, la ceremonia era en un pueblo remoto de un departamento pirenaico y en pleno invierno, llegar fue una aventura, al entrar en la iglesia a las 2 de la tarde caían copos de nieve y a la salida, los que portaban el féretro al cementerio justo al lado del atrio apenas se percibían desde unos metros de distancia por la nevada que mansamente caía. Aristide pensó que ya había cubierto su papel y se fue quedando descolgado del pelotón con la idea de ponerse a buscar su coche en el paisaje navideño que se iba quedando.

- No has cambiado nada, Aristide.

Una mujer le agarró del brazo por detrás y le hizo girarse para recibir unos besos en las mejillas.

- !Cathérine ! !Eres Cathérine!

- !Me has reconocido! Pues yo sí he cambiado encerrada en este poblacho del fin del mundo ¿Cómo está tu mujer?¿Y las niñas?¿Tendrás nietos ya, supongo?

Siguieron la bajada a tierra del ataúd alejados de las últimas filas, poniéndose al día mutuamente de años de sus vidas respectivas, algunos asistentes se volvían de vez en cuando con aires reprobatorios.

No había un bar ni similar abierto en bastantes kilómetros a la redonda. Cathérine le invitó a su casa, vivía sola, su ultimo marido se había muerto dueño de todas las riquezas del valle, las cuales le daban para vivir allí con cierto confort pero no para, vendiéndolas, poder vivir en la civilización.

- Es de noche y con esta nevada te tendrás que quedar a dormir, te prepararé la habitación de invitados – dijo al entrar en el calor de la vivienda-, no me podría perdonar que te pasase algo por mandarte a dormir al refugio de más abajo en el valle.

- No sé, tengo que avisarle a mi mujer – mintió Aristide, su mujer le había dicho que no se le ocurriese volver con el temporal anunciado -, se pondrá celosa si le digo que me quedo a dormir en casa de una dama tan bella.

- Halagador. Ya se lo digo yo – pâsame el teléfono.

Las mujeres hablaron un buen rato, Aristide, siguiendo indicaciones por señas de Cathérine, sirvió unos vasos de whisky. Luego de colgar Cathérine preparó una cena sin dejar de beber ni hablar. Una y el otro hablaron sobre todos los temas de sus biografías, sobre todos, la vida sentimental y laboral de Cathérine había sido tumultuosa hasta que, cuando aun joven y dinámica hubo alcanzado la calma en aquel aburrido paraíso rural de l’Ariège, el difunto tuvo el detalle ése, morirse, dejándole descansar en medio de ninguna parte. Aristide tenía menos cosas que contar y tuvo menos oportunidad de contarlas. Frente a la chimeneta, sentados los dos en el sofá, las horas iban pasando en una intimidad cada vez más envolvente. Aristide le contó la escena del baño, cuando se tropezó con su cuerpo desnudo, aquella imagen en el espejo…

- No me acuerdo de nada de eso, yo era una niña y tû más viejo que mi padre, para mi era como estar desnuda delante de mi padre, supongo – dijo Cathérine levantándose y dándole la mano – pero nos hemos olvidado de preparar la cama de invitados, así que tendrás que acostarte conmigo y ahora ni yo soy una niña ni tû un viejo ¿Qué son veinte o treinta años?

viernes, 25 de agosto de 2017

PETIT CADEAU, REBANADA DE VERANO

- ¿Mala cara? ¿Mala cara, yo? En cuanto vi la cotorra me tenía que haber ido pero no me fui. No soporto los bichos en una casa pero cuando uno está caliente, muy caliente, ni te importa una cotorra, ni un camaleón, porque también había, en una especie de pecera, un camaleón… Es que tuvimos un torneo de rugby de ésos de veteranos en un pueblo o barrio por Burdeos. Y ya sabes lo del tercer tiempo, como hacía tiempo que no hacía una escapada, prolongué un poco el tercer tiempo con un par de tipos de nuestro equipo y un francés de la zona que se nos había apuntado. Así que para el cuarto o quinto
tiempo nuestro guía nos llevó al único establecimiento abierto a aquellas horas, una especie de discoteca para desesperados. Allí todos empezaron a hacer el gorila en la pista y yo me encontré con una chica en la barra, un estilo Naomí Campbell en más joven y en más pequeño, así que le recité el trozo del Cid de Corneille que me sé desde niño a la Paqui -le entendí que se llamaba Paqui, pero vete tú a saber-, y le invité a tomar una copa, estuvimos un rato charlando y luego pusieron unas piezas con un ritmo más apetecible y estuvimos bailando. Yo bailo mejor que Ryan Gosling, sobre todo con combustible en el torrente sanguíneo. Y en una de ésas me dice que vive por allí cerca y que si quiero ir con ella a su apartamento. Eso no me había pasado en los últimos 20 años por lo menos, desde… bueno, ésa es otra historia que no voy a contar ahora. Así que nos fuimos a su apartamento, que era más bien una habitación con cotorra, camaleón y una cama, no me fijé mucho en la decoración pero no debía estar mal. Ella y yo a lo nuestro, tomando posiciones en el lecho mientras que la cotorra ponía banda sonora en varias lenguas como si fuera un película pornográfica en una academia de idiomas. No conseguimos romper el colchón por muy poco y me quedé dormido por agotamiento. Cuando me sonó la alarma interior de que iba a perder el autobús del equipo para volver a Donostia, me levanté, busqué una ducha y una toalla con las que borrar las secuelas olfativas de la noche y me vestí para salir corriendo. Entonces Paqui, o como se llame, se puso en pie, como dios no la trajo al mundo, y me enlazó con sus brazos, su cuerpo caliente contra el mío -Priapo a punto de reventar la bragueta-, mientras me susurraba tiernamente al oído: Et mon p’tit cadeau? O sea ¿Mi regalito? Y la cotorra repitiéndolo, despatarrándose y desalándose de risa: Mon petit cadeau, mon petit cadeau, mon petit… El camaleón me miraba sardónico en silencio. Con 200 euros menos en la cartera, corriendo por aquellas avenidas, que parecían Nairobi al amanecer o así, a buscar un taxi, los taxis cogen tarjetas de crédito, en Nairobi no sé pero en Burdeos sí. He llegado al autobús por los pelos y me he hecho el dormido todo lo que he podido durante el viaje. No sabes qué pitorreo. Y lo primero, me he dicho, a donde el boticario del barrio a hacerme el test ése, el del anticuerpo o como se llame ¿Mala cara, yo? La tuya, boticario de las narices, que pareces un camaleón o un cotorra o yo qué sé.

lunes, 7 de agosto de 2017

REBANADA DE VERANO Y TAL

- Emerlinda Freitas, a pesar de su nombre, no es negra ¿Mulata? No, más bien blanca mate, así como sin brillo. Tiene unos ojos saltones, saltones como los del gato de dibujos animados al que los adversarios ratones le han dado con un gran martillo en el rabo, verdaderamente saltones y la nariz también como la del gato, los golpes de la vida se la han ido aplastando. Emerlinda Freitas, al menos la que yo conozco, es, lo que se suele decir, fea, de una fealdad de cuadro cubista primitivo o de un personaje secundario de un manga japonés, pero no es desagradable, se le puede mirar a la cara, además tiene tetas, tetas duras como balones de “handball” y culo, culo bien puesto, de los de piel de melocotón. Además desde joven ha sido cariñosa, muy cariñosa… yo siempre la he querido mucho y, si no bebe, se le puede llevar a cualquier sitio. Ermelinda Freitas, la que te digo que yo la quería, de joven tenía las tetas como balones de fútbol, daba gusto verlos botar ¡Qué recuerdos! Ermelinda Freitas cuando tuvimos una época de un cierto noviazgo, vamos que se venía a mi piso a pasar la tarde mientras llovía en la calle y yo me había quedado en casa a estudiar porque la biblioteca de la facultad estaba llena, así que venía ella y yo dejaba de estudiar, aunque tuviera examen al día siguiente, y nos pasábamos la tarde cariñosamente hasta que ella se iba, entonces Ermelinda Freitas tenía un novio futbolista, un profesional que ya ganaba una pasta, y, como el tipo tenía que entrenar mucho, Ermelinda Freitas, la que yo conocía que parece que es la misma que tú dices, se venía a charlar conmigo para pasar la tarde. La verdad es que no hablábamos mucho, ya sabes las hormonas y la juventud, pero me contaba cosas de su novio, ése que ahora es un cargo del que tanto se habla y que has dicho antes, y ya entonces no me gustaba, no me gustaba como futbolista que era de los que controlan el balón, leen la jugada y acaban pasando el balón para atrás no corría riesgos, no me gustaba como persona, me parecía un taimado, era un tipo como falso, que no iba de frente, y un prepotente, prepotente con los débiles, claro, un cobarde con los que mandan. Cuando acabé la
carrera dejé de verla un tiempo pero las tardes con Ermelinda Freitas se grabaron a fuego en mi interior, así que hice por encontrarla casualmente y tomamos un café unos años más tarde y estuvimos hablando, creo que por primera vez estuvimos hablando de verdad, en realidad habló ella, había habido una historia de embarazo y, claro el futbolista tenía novia pija y se iba a casar con su novia, así que Ermelinda Freitas se desembarazó como pudo, sola, tarde y mal, no quiso llamarme a mí, sabía que yo estaba en plenas oposiciones y prefirió no molestarme. Luego se fue a vivir fuera, por el sur, más allá de Vitoria que diría el otro, se hizo comercial de unas bodegas de reputación, ha ganado mucho dinero y ese alcoholismo que te han dicho que es tan repelente, tan agrio, que le hace montar broncas en cualquier sitio. Pero te juro, que te hayan dicho lo que te hayan dicho, que yo no la he visto desde aquella tarde del café con leche, en una cafetería de Licenciado Poza, afuera llovía, ella hablaba mientras yo untaba un bollo de mantequilla, la música ambiente era de baladas country, sus ojos saltones brillaban, su cama era blandita, muy mullida...

viernes, 28 de julio de 2017

OTRA REBANADA DE VERANO

Durante las fiestas patronales del año pasado, Aristide Labarthe compró un talo en un acto militante a favor de la ikastola del pueblo, en un acto de imprudencia temeraria, solo justificable en la ingesta alcohólica previa, Arisitde comió el talo. Así que en las fiestas de este año, cuando la cuadrilla, cantando afinadamente las más animadas y populares canciones del repertorio popular vasco, se acercó al puesto de fabricación y venta de la versión local de las tortitas mexicanas de maíz, Aristide no esperó a adivinar qué tipo de espeluznantes fritangas iba a acompañar la insípida e indigesta masa sino que se dio de baja en el grupo sin ningún disimulo y corrió al retrete móvil oportunamente aparcado en las cercanías. Una vez pasado el peligro gastronómico, se reincorporó al grupo que iba cantando de nuevo, esta vez rancheras, y deshaciéndose, con más o menos disimulo, de los fabricados de las voluntariosas madres miembros de la asociación que mantiene viva la pequeña luz de la enseñanza vascuence al lado norte del Bidasoa con la estimable -en euros-, ayuda de las instituciones del otro lado.

Después de recorrer las cinco peñas taurinas, después de atravesar varias veces los ríos sin caerse de un puente atestado, después de sonreír a un centenar de senegaleses vendedores de objetos chuscos de dudoso humor y de comprar cualquier inutilidad idéntica a la adquirida en sanfermines, después de acumular en sangre cuanto alcohol es necesario para una lucidez eufórica sin llegar a despellajarse las manos para caminar, después de tropezarse un par de veces en bajadas a sótanos donde se ocultaban los elixiris más deseados, después de dejar la última cuerda vocal en un “avemaría” rociera que puso carne de gallina a la novia flaca de un refuerzo argentino del Aviron Bayonnais, Aristide Labarthe tomó conciencia de que ya era tiempo de buscar su hogar y entonces se sintió como un extraterrestre incapaz de sintonizar su GPS galáctico en aquel pueblo ocupado por la masa cacofónica revestida de rojiblanco y le entró la llorona, unas lagrimas largas y silenciosas, sentado entre papeles grasientos, gorilas de la Vigipirate, y jóvenes pegados a sus smartphones de mensajes inaplazables.

Así lo encontró su mujer en el banco de enfrente del portal y ambos recorrieron los escasos diez metros que les separaban de la puerta en un slalom de amor y de coordinación precisa para mantener el equilibrio conjunto.