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lunes, 12 de abril de 2021

REAL SOCIEDAD, UNA PASIÓN TXURI URDIN Y EL VIRUS QUE NOS PUEDE

Estaba alejado del fútbol. Esporádicamente me dejaba caer por Anoeta una vez por temporada y veía partidos trascendentales por la tele en algún bar, yo que eché los dientes de leche en Atocha con mi madre y que iba a ver hasta los partidos del Sanse con la cuadrilla hasta los diecisiete años, había perdido toda pasión por los colores blanquiazules que defendí desde los veintidós años hasta los veintiocho, pues jugué a hockey sobre hierba en la Real Sociedad seis temporadas, lo que me permitió seguir yendo al viejo campo con “pase de favor” hasta 1977, pero la verdad es que ya para entonces, el fútbol me interesaba menos que el rugby, el fútbol me aburría como tal -en realidad, me sigue aburriendo bastante -, y sufría lo mismo con la Real Sociedad oyendo la radio, leyendo el periódico o viendo por televisión a los sucesores de Arconada y demás, con los que se había muerto mi ya agonizante afición.

Seguí la transformación del Club en Sociedad Anónima Deportiva por interés jurídico - el vicio del Derecho  Mercantil me picó en mis inicios profesionales, perversiones podemos tener todos -, y el proceso del concurso de acreedores lo viví desde la piel de algún acreedor desvalijado por el plan de salvación que se impuso a los débiles y a los contribuyentes guipuzcoanos con una desfachatez verdaderamente incomparable, plan hábilmente dirigido por una mente de la que conozco todas las facetas de su capacidad indudablemente dotada para realizar esta operación, tan buena para unos como dolorosa para otros. Pero, mientras nuestros balones acaben en la red del contrario más que los del contrario en nuestro arco, el pueblo aplaude contento.


Y llegó el confinamiento de marzo de 2020 que me obligó a compartir casa con un encantador anciano inválido pero con un abono a todo canal televisivo existente y no todo es volver a ver Casablanca, sino que empecé a ver los partidos de la Real Sociedad en el hogar, a ver todos, a recuperar viejas sensaciones infantiles, a oír la voz de mi amá que desde el más allá sigue llamando “shosho” a nuestro jugador y “vendido” al árbitro, a disfrutar del sabor del aguardiente de la juventud – mi madre no me dejaba ir a Atocha sin haber tomado un sorbo de “cordial” para que no me acatarrase durante el encuentro -, en resumen, a recuperar fantasmas que habían quedado en el armario de la memoria… ahora veo un partido de la Real Sociedad por cada veinte partidos de rugby que pueda ver por la televisión pero veo y sufro como cualquier otro con este equipo, mejor dicho, sufría como cualquier otro, hasta el sábado de gloria en que ganó la Copa, la copa del rey -espero que sea la copa del último rey de España en la historia de paso -, y, durante el tiempo que faltaba hasta el siguiente partido, dejé de sufrir.

Dos empates después, la vida sigue, el fútbol es un rollo, no soporto que los jugadores realistas también “hagan teatro” – mi madre diría “parecen maricas” pero esto es incorrecto en la actualidad -, el consejo de administración de la Real Sociedad es el mismo en su mismidad, el estadio es una costosa cáscara vacía mucho más vacía, y el marco incomparable sigue siendo comparable pero gana en la comparación como siempre, así que… al menos, y esto es irrepetible, hemos ganado la Copa de 2020 en 2021.

 

lunes, 15 de febrero de 2021

FILOSOFÍA DEL DERECHO

“Yo confío en la justicia”, cuando oigo a alguien decir esta oración, lo primero que pienso es que es un sinvergüenza, pero, a veces, no lo dicen sinvergüenzas sino tontos, e incluso, lo he oído decir a gente que ha tenido un cierto trato con la justicia y que les ha ido bien en aquella primera ocasión. Nunca he oído a alguien repetir dos veces la frase y sigo pensando que quien dice que confía en la justicia o es sinvergüenza o tonto.

“Con la verdad se puede ir a todas partes”, otra frase insensata que se oye en la entrada del palacio de Justicia con frecuencia. Mi querido Artemio Zarco, un gran letrado y un personaje inolvidable, solía responder a ella “Incluso, a Martutene”, esto es, diciendo la verdad se puede ir a la cárcel pues Martutene es la prisión provincial de Gipuzkoa, por ahora. Porque el problema es que la verdad del que la dice en el proceso no es la verdad que es escucha por el Tribunal, el Tribunal selecciona de lo que se dice lo que confirma su verdad interna y no oye todo aquello que se opone a su verdad. O sea que si los hechos que el Tribunal tiene en su mente abren la puerta de la cárcel, ninguna verdad que se diga la mantendrá cerrada.

“Lo que ha declarado es falso” o es mentira ¡Cuántas veces alguien lo dice después de un testimonio! Muchas veces, la declaración oida es convincente a todas luces. La mentira no es lo contrario de la verdad en un proceso, la mentira en sala es una verdad distinta, a veces, cuanta más sinceridad hay en quien miente, esa verdad es tan distinta que no se parece en nada a la realidad pero hay que aceptar esta paradoja, viene con las reglas del juego. Hay quien dice la verdad y el Tribunal no le cree pero el Tribunal cree a quien miente porque quiere creerle, aunque su declaración vaya contra la lógica o las leyes de la física. 

“Cuando te quieren condenar, te condenan, cuanto te quieren absolver, te absuelven. Uds. No se esfuercen tanto en la argumentación jurídica, el Tribunal buscará los argumentos para justificar el fallo. Su tarea como abogados es caerle mejor al Tribunal que el contrario para que así les quiera dar la razón” Más o menos era lo que nos decía el Profesor de Derecho Civil en la Universidad de Deusto hacia el año 1969.   

“Qu’un juge soit con est inévitable, qu’un con soit juge est une catastrophe” Incluso el mejor juez puede tener un día tonto, eso es inevitable, pero cuando un tonto llega a juez, se le dota de un poder tan ilimitado como el de juzgar, el de resolver sobre vidas y haciendas… ¡Qué catástrofe! El daño que causa es irremediable siempre, siempre.




lunes, 1 de febrero de 2021

ARTE, INVERSIÓN, DESPILFARRO, GRATUIDAD Y DINERO PÚBLICO.

La escultura de Cristina Iglesias en la isla de Santa Clara me recuerda, por un lado, al inicio de la obra de teatro “Arte” de Yasmina Reza que reproduzco, con mi traducción del francés, al pie de este texto.


El arte contemporáneo urbano genera polémicas siempre. En nuestra ciudad las hubo con el monumento a Fleming de Eduardo Chillida, con la estela de Ugarte en la Plaza del Centenario, con el Peine del Viento del mismo Chillida y alguna otra que quizá se me escape. Creo que la de Oteiza en el Paseo Nuevo pasó sin tanto ruido en su momento.



Para empezar hay que creer que la escultura de Cristina Iglesias es arte. Y en el arte contemporáneo hay una línea de sombra muy tenue entre el arte y la estafa, de tal modo que solo los expertos saben explicarnos cuando nos encontramos ante arte o no. Como los expertos no se hacen sino que nacen, ya porque otros expertos los reconozcan como tales, casi siempre polemizando con ellos,  ya porque se autoproclamen como tales, no habiendo una facultad universitaria de reconocido prestigio que emita indiscutibles títulos de experto, es un lío referirse a un experto. Además el mercado del arte es igual de fiable que la Bolsa, así que solo dios, un dios omnisciente que tuviera conocimientos de arte, podría certificarnos que la “Merda d’artista” es una obra de arte o una cagada verdosa expuesta para regocijo de su autor.



En el sistema del mundo del arte actualmente imperan dos criterios para saber si algo es arte: que alguien haya pagado por poseer la pieza en cuestión o que los turistas vayan a hacerse fotos junto a la obra, lo cual también genera dinero. Pero es obvio que ninguno de estos criterios nos sacan de dudas.


Una vez leí que un experto decía que una “cosa” era arte por la intención del artista de hacer arte. O sea que el arte es una tautología en bucle, los artistas hacen arte y el arte es lo que hacen los artistas.  Pero al final, en mi opinión, discutible como todas las opiniones, lo que cuenta es si el arte le “habla” a Ud. Y Ud. “responde”, esto es, si sus sentimientos, emociones, cerebro o cartera dialogan con el producto artístico.


Pero es que, cuando el arte es urbano, estamos hablando de dinero público, de arte pagado por un administrador de nuestro dinero y este administrador siempre presenta el gasto como una inversión en el bien común, mientras que sus administrados puede ser que vean un evidente despilfarro y que miren las comisiones ocultas, quién se enriquece con el coste de la instalación, quién recibe recompensas sociales y otras menudencias, sobre todo, cuando la obra es, una vez más, gratis.


El trabajo de creación se dona por el artista a la ciudad de nuevo. Este gesto no es conmovedor para mi, es lo que me recuerda, por otra parte, una frase que escuché a mi abuelo, Gustavo Massé Garraus, decir enfadado a sus dos hijos, mi padre y mi tío, en mi niñez y que tardé en comprender un tiempo: “¿Sin pagar? Putas por putas, las más caras son las gratis”


Con todos los respetos a la artista local, lo gratis siempre tiene un precio -como se dice en Internet al hablar del mercado de datos -, y, como en ocasiones anteriores, cuanto menor es el precio publicado mayor es la parte del precio ennegrecida, así que esa intervención en la Isla de Santa Clara puede que no sea un gigantesco cubo infantil enterrado o un monumento escatológico al doméstico orinal, pero es seguro que va a recoger mucha mala leche donostiarra inevitablemente.


Sin acritud, lo que conozco de Cristina Iglesias no me gusta, y como mi gusto es lo que cuenta en mi criterio, no me parece arte, me parece papanatismo para “entendidos”. Lo de Chillida no me entusiasmaba ni me entusiasma, los hierros forjados con el sudor de la frente de los herreros que los hicieron no mejoran el entorno en que se incrustaron, pero me gustan los dibujos de Chillida y ya nos hemos acostumbrado a verlos allí (Dejo lo de “excrementos férricos” aparte, para no generar más polémica). De Oteiza me gustaba el personaje más que su obra escultórica, que también me gusta, y su aportación a la bahía es tan modesta como estética, además de ser una compensación necesaria. Esperemos que se compense a Esther Ferrer, ausente del marco comparable, dándole la oportunidad de intervenir el sagrado corazón del monte Urgull, por una vez, recibiría mi aplauso.

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ART, Yasmina Reza, Acto 1º.:


Marc (Solo): Mi amigo Serge ha comprado un cuadro.

Es un lienzo de aproximadamente 1,60 por 1,20 metros, pintado de blanco. El fondo es blanco y si parpadeas, puedes ver cenefas blancas finas a través de él.

Mi amigo Serge es amigo desde hace mucho tiempo. Es un chico de mucho éxito, es dermatólogo y le encanta el arte.

El lunes fui a ver el cuadro que Serge había adquirido el sábado pero que llevaba varios meses codiciando.

Una tela blanca, con bordes blancos.

.../...

Marc: Serge, ¿No compraste este cuadro por doscientos mil francos?

Serge: Pero amigo, ese es el precio. ¡Es un ANTRIOS!

Marc: ¡Compraste este cuadro por doscientos mil francos!

Serge: Estaba seguro de que te quedarías en lo superficial.

Marc: ¡¿Compraste esta mierda doscientos mil francos ?!


Serge (Como solo): Mi amigo Marc, que es un chico inteligente, un chico al que he estimado durante mucho tiempo, en una buena situación social, un ingeniero aeronáutico, es uno de esos nuevos intelectuales que, no contentos con ser enemigos de la modernidad, derivan en una incomprensible vanidad.

Desde hace poco hay una arrogancia verdaderamente asombrosa en el seguidor de los buenos viejos tiempos.