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jueves, 28 de julio de 2016

MORIR EN LA PLAZA

Quiero morir en la plaza, dijo. Supongo que lo dijo por decir, por chulería, por esas cosas de machos que nos calientan la boca después de unas copas de menos -cuando son de más, ya ni hablas-, pero unas copas, más de una y de dos. Dijo que quería morir en la plaza pero no lo pensaba, no lo sentía, no se creía mortal, para cuando lo dijo ya había recibido unas cuantas cornadas, cornadas bestiales, de las que se llevan girones de cuerpo, un ojo por aquí, un testículo por allí, unos músculos por la derecha, unos tendones por la izquierda y varias veces los espectadores, los mismos que unos segundos antes le gritaban que se arrimara, lo habían dado por muerto pero él no estaba muerto, la medicina y la cirugía le hacían un apaño, le juntaban unos trozos de carne con otros que más o menos quedaban cerca y reaparecía. No sabía hacer otra cosa, no quería hacer otra cosa, mantenía su cuerpo a base de ejercicio durante todo el año, no necesitaba estimularse antes de salir al ruedo, su cocaína era el aroma del miedo de los otros, en el paseillo a veces sentía la erección de su miembro que le hacía adelantarse a sus compañeros de terna, acudía a la puerta del chiquero antes de que nadie lo pensase en la plaza, más que citar al toro le ordenaba que le cogiera, con las banderillas planeaba una suerte y, mientras corría hacia el animal, se sorprendía haciendo otra, los pitones del bicho, cuando éste ya era un zombi que buscaba el descanso, le acariciaban la tela ensangrentada, normalmente para entonces rota por varios sitios, hasta que inevitablemente metía el acero junto a la columna buscando la muerte más rápida del toro, o lo que fuera cada vez, porque él mataba igual erales, becerros, vaquillas, novillos… lo que tocase, ya que participaba en todo tipo de eventos y festivales con tal de tener su dosis de muerte, su dosis tan necesaria para vivir.

Por eso cuando las corridas de toros iban desapareciendo de unos puntos de España se iba refugiando en los que aún mantenían las hecatombes como fiesta, cada vez que se anunciaba un nuevo avance de la civilización y el consiguiente final de las bárbaras costumbres en una población, él mentalmente sacudía el polvo de sus zapatillas y se prometía no volver por allí. Le quedaban, y parece que le van a quedar bastante tiempo, también plazas en Francia, en México o en Sudamérica pero él sabía que inexorablemente también se ganarían al silencio, a la ruina o a la arqueología, cuando los ganaderos dejasen de criar para las ferias españolas los toros de lidia, que ya no iba a haber interés económico alguno en mantener dehesas y fincas ruinosas sin un mercado que absorba la producción. Le hervía la sangre con los relatos que algunos le leían de gente que decía haber visto llorar un toro o haberle oído sufrir y otras tonterías. No hacía falta relatarlo, hay que ser tonto para no darse cuenta que a un toro se le hace daño, mucho daño, se le clava todo lo que se le puede clavar, se le liman los cuernos, se le acuchillan los lomos, todo lo que se hace con el toro busca hacerle daño, no es porque el toro se lo merezca, no es una alimaña -él sabe perfectamente que hay seres humanos peores-, sino porque en eso consiste el juego en que el toro sufra y muera. Y que después la gente aplauda, aplauda, aplauda y poder saludar a la gente y sentir la borrachera del triunfo mientras arrastran el cadáver, eso es el juego. Él no concebía otra muerte como torero que la de morir en la plaza y un día pasó, un toro bizco se equivocó de trazado, se salió de la vía y le paró el reloj. Ya no supo más, porque cuando uno se muere ya no es, su muerte pasó a la historia del toreo para irse borrando como otras muertes inútiles anteriores que cada vez menos gente recuerda, quizá fue la última, quizá.

lunes, 25 de julio de 2016

LA MADELEINE 2016 MONT DE MARSAN

COPLILLAS DEL 16

Por las calles de la villa
entre cerveza y pastís
calle abajo, calle arriba.

Bebiéndonos la vida,
unas veces huele a pis
y otras veces es de orina.

Mont de Marsan,¡La caña!
¡Tan lejos de París
Tan cerca de España!

Villa de los tres ríos
Baila ya y no bebas tanto,
Que pierdes los sentíos
o te los vas meando.

Mont de Marsan,¡La caña!
¡Tan lejos de París
Tan cerca de España!

Hagamos una apuesta
y elijamos una Miss
La reina de la fiesta
está haciendo pis.

Mont de Marsan,¡La caña!
¡Tan lejos de París
Tan cerca de España!

Río de tanta cerveza,
río de todo anís
Me río de tanta belleza
Con perfume de pis.

Mont de Marsan,¡La caña!
¡Tan lejos de París
Tan cerca de España!




viernes, 22 de julio de 2016

LA FERIA


La tauromaquia no es más que hacer diversión de la última agonía de un ser vivo. Como el mono vestido tiene un cerebro algo más evolucionado que el herbívoro, esa agonía se alarga por su mano lo suficiente para que una y otra vez se puedan repetir pornográficamente las posturas del protagonista bípedo delante de las defensas del animal ya moribundo desde que se le arrancó del pasto. Y eso hasta seis veces, seis, por tarde. Sin embargo, hay quien compagina ver con deleite una y otra vez Madama Butterfly con el éxtasis que siente al ver el mismo espectáculo teatral de la pantomina de castiza españolidad delante de seis seres vivos rumiando su sangre y dolor, que justifica en el arte del toreo, en esa estética luminosa y ensordecedora, con sus dosis de peligro y de rara sorpresa, la repetición del rito diario de la caza del herbívoro doméstico para convertirlo en un zombi sobre el escenario preparado al efecto.
Hay quien dice que hay más riesgo de tener un accidente laboral cuidando cerdos que toreando un miura, como no sé las estadísticas y además, si sumamos a los accidentados profesionales todos esos aficionados a dejarse destripar con motivo de las fiestas patronales por las calles de nuestros profundos pueblos, no me acabo de creer las cifras que se dan. Aunque no hubiera riesgo alguno en torear “pianos de cola con cuernos como bananas” (sic) a los que la “acorazada a caballo” (sic) ha desangrado, la necesidad de hacérselo creer al espectador para que mantenga su ilusión infantil, lleva al esforzado espadachín a provocar el accidente suicida con maniobras más allá del sentido común y que, si no fueran por su trágico resultado, serían ridículas.


Como torear medusas -el animal que más muertos causa entre los humanos-, no justifica 300.000 euros de emolumentos a repartir con la cuadrilla y los vampiros, nuestras ferias y las de imitación por Francia y así van a seguir contando con estos voluntarios verdugos de bovinos que prestan su imagen para vendernos relojes o ropa interior -¿Nadie va a hacer una campaña para boicotear estas firmas que fomentan el taurinismo más hortera?-. Así que música de pasodoble, cohetes en el cielo, alcohol en la sangre, olor a fiemo, puros habanos, peinetas en el moño, chulerías, desplantes e improperios y… ¡Qué siga la fiesta!