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jueves, 27 de diciembre de 2018

Chantaje y grabaciones de contenido sexual: no enseñes el culo por la ventana de la red

El delito de extorsión, lo que conocemos por chantaje, según el Código Penal vigente, lo comete quien, con ánimo de lucro, obligue a otro, con violencia o intimidación, a realizar u omitir un acto o negocio jurídico en perjuicio de su patrimonio o del de un tercero, y tiene fijado la pena de prisión de 1 a 5 años.
En Internet actúan personas y grupos que, mediante suplantación de personalidad, obtienen imágenes de usuarios de la red, generalmente en páginas de encuentros o de ligue, en las que éstos realizan alguna actividad sexual, casi siempre solitaria, y, una vez obtenida la filmación, proceden a demandar cantidades de dinero a cambio de no difundir estas imágenes.
Esta actividad delictiva, se ha venido realizando tradicionalmente mediante la grabación con cámaras ocultas en lugares y situaciones propicias para el intercambio sexual, desde hoteles de lujo a rincones románticos en playas perdidas o desde fiestas privadas hasta en retretes de discotecas, en las que alguno de los intervinientes suele ejercer de gancho que propicia la actuación que queda registrada. Pero la llegada de las nuevas tecnologías, a pesar de que también facilitan este tradicional medio de vida de la delincuencia (Micro-cámaras, cámaras de alta resolución, cámaras automáticas…), han provocado una eclosión de los delitos de esta clase en que el delincuente no tiene que acercarse a la víctima ni para obtener la herramienta del chantaje, ni para realizarlo, ni para percibir el beneficio.
Una variante del delito también frecuente es aquella en la que el delincuente -normalmente hombre y excepcionalmente mujer -, pide más imágenes, cada vez más fuertes o explícitas para satisfacerse en la distancia, a cambio de no difundir las obtenidas anteriormente y, la siguiente variante de esta conducta delictiva, es obtener sexo real con la víctima a cambio de no revelar la colección de imágenes ya almacenada; siendo la última variante el aprovechar esos encuentros para grabarlos y volver a reproducir el chantaje. Pero esta extorsión libidinosa no es el delito de extorsión en nuestro Código Penal sino que es una agresión sexual que la comete quien atenta contra la libertad sexual de otra persona, utilizando violencia o intimidación (que deriva de la existencia de las imágenes que propició la propia víctima), y que es castigado con la pena de prisión de uno a cinco años que aumenta a ser de cinco a diez años si la víctima es especialmente vulnerable por la edad u otras circunstancias. Y la conducta pasa a ser violación cuando hay acceso carnal por vía vaginal, anal o bucal, o introducción de miembros corporales u objetos por alguna de las dos primeras vías, y la pena pasa a ser de prisión de seis a 12 años que puede subir a  ser de doce a quince años cuando la víctima sea especialmente vulnerable por la edad y otras circunstancias.
Tendemos a pensar que, en estos casos,  todas las víctimas son chicas adolescentes y todos los delincuentes son informáticos solitarios pero la realidad es que no existe un catálogo típico ni de víctimas ni de delincuentes, así que un solo consejo: ¡No enseñes el culo por la ventana al mundo que es Internet!

martes, 25 de diciembre de 2018

BECARIAS (FICCIÓN)

Cuando se anda en torno al medio siglo de edad la rutina diaria es un río que te lleva por la vida sin necesidad de tomar continuamente decisiones. Por costumbre, después de comer me quedo dormido delante de la televisión hasta que empiezan las noticias, veo los titulares y me voy a trabajar. Aquella tarde, al despertarme, mi mujer me pasó una bolsa de viaje y me dijo:
- Esta noche no duermes aquí, ha llamado “el gerente” y ha dicho que os tenéis que ir de viaje a un acto en la Cámara de Comercio en Pau y que luego tenéis cena y otra reunión por la mañana y no sé qué más…
Lo de gerente es el calificativo que mi esposa le da a mi socio, y todo aquello sonaba a un embuste del mismo para alguna de sus embarcadas, así que cogí el libro que estaba leyendo aquellos días “El Proceso Estratégico, Conceptos, Contextos y Casos” de Henry Mintzberg junto a la bolsa,  llegué a la oficina y, sin tiempo para explicaciones, el colega me llevó a un taxi que nos esperaba frente al portal. Solo dentro del taxi me hizo un breve esquema de lo que me esperaba.
- Había quedado hoy para irme de excursión con el amigo Ignacio y un par de estudiantes a las que íbamos a ayudar económicamente, pero se ha muerto su suegro, y como tengo todo organizado -me metió en el bolsillo de la chaqueta una caja de condones-, y no tienes nada importante en la agenda ni para hoy ni para mañana, te vienes conmigo.
- ¿Y tu coche? - El coche del socio es un deportivo colorado de esos que, según los antropólogos, el mono desnudo usa como sustituto del pene para atraer a las hembras -.
- Ahora lo recogemos, tranquilo.
El taxi nos dejó a la puerta de un hotel en el barrio de Aiete y, cuando nos disponíamos a entrar, llegó el coche deportivo junto a nosotros. Lo conducía una veinteañera guapísima y muy elegante, junto a ella, otra chica, poco más joven, de similar apariencia externa, la conductora pasó a los asientos de atrás después de entregar las llaves y de las simpáticas presentaciones. Ambas se llamaban Idoia, así que a partir de aquel momento pasaron a ser Idoia I o senior e Idoia II o junior para evitar confusiones. En la parte de atrás del coche no cabe un vasco de tipo normal y, aunque yo soy del tipo guipuzcoano pequeño, Idoia I y yo estábamos estrechamente unidos desde el principio, lo que era bastante agradable porque además su perfume me abrigaba muy confortablemente.
El viaje a Dax – porque era a Dax a donde íbamos -, se pasó rápido, mi socio estaba inspirado y relataba historias locas, algunas conmigo como protagonista, que, por imposibles, nos hacían reír sinceramente a los cuatro. Mi compañera de asiento me contaba trazos de su vida de niña navarra de familia numerosa, venida a estudiar a Donostia, último año de carrera universitaria, mañana es el Santo Patrón de la Universidad, la otra Idoia tiene que hacer un trabajo sobre los aspectos turísticos de Dax etc Cuando yo tenía que corresponderle con mis datos biográficos, le contaba la vida de mi primo Jorge, que me la conozco bien y es más interesante que la mía, además nunca cuento mi vida a desconocidas.  De vez en cuando me despeinaba el flequillo y me decía sonriendo que le recordaba a su profesor de Derecho del Trabajo.
Paramos en nuestra meta, un hotel que fue moderno entre las dos guerras del siglo XX pero que se conservaba espléndidamente, de hecho se llama Le Splendide, alguien se encargó del coche y de los equipajes. La suite, allí me enteré que íbamos a compartir una suite como consecuencia de la oferta a la que se había acogido el organizador de la excursión, tenía vistas al río Adour y, contemplándolas desde la terraza, me puse detrás de Idoia I y empecé unas maniobras manuales hacia sus senos – no puedo resistir unas tetas a corta distancia y en el coche las tenía más cerca de mi cuello que de mis manos -, pero ella me dijo:
- Dile a éste que se espere – y me tamborileó con sus dedos en la erección -, que las tiendas aquí cierran pronto y ahora toca shopping, que no fucking.
Nos fuimos de tiendas, hay un par de boutiques chics de modistas y de prêt à porter en Dax, en las que las chicas encontraron unos trapitos a precios imbatibles y que mi socio pagó en efectivo sin que las encargadas se sorprendieran en absoluto, a pesar del importe de las facturas. Nuestras acompañantes se lo estaban pasando muy bien por las muestras expresivas de afecto que nos prodigaban. No creo que en las tiendas pensaran que éramos los tíos ricos que han sacado de paseo a sus sobrinas. Aproveché para comprar cuadernos de dibujo Moleskin y Calepino para mi mujer, a la que quiero mucho y  siempre le traigo algo de arte de mis viajes.
Luego fuimos a tomar una copa para recuperarnos y regresamos para cenar al hotel, besándonos y acariciándonos un poco confusamente – creo que llegué a besarle a mi socio en la boca y con lengua -,  llegamos  cuando los últimos ancianos abandonaban el restaurante, sin embargo, nos atendieron sin problemas.
Después de una cena de vinos excelentes y de bellas decoraciones en platos con exigua alimentación, aunque las chicas querían salir a tomar algo fuera, la obscuridad de la noche y la ausencia de vida humana por las calles de alrededor les convenció de que el bar del hotel no estaba nada mal con su ambiente “art deco”.
Mi entrepierna, con su vida independiente, me recordaba con frecuencia a qué habíamos venido a Dax, así que como las chicas tenían que levantarse bastante pronto para hacer la búsqueda de los datos para el trabajo de Idoia II, no había excusas para demorarse en aquellos gintonics.
A la hora de acostarnos en la suite, nos había tocado el dormitorio en el sorteo a Idoia senior y a mi, mientras que los otros tenían más espacio en el salón de la suite, en una cama grande pero ligeramente más estrecha, yo, lavados los dientes, los preservativos sobre la mesilla, acicalado, desnudo y preparado para la acción, esperé que ella saliese del cuarto de baño. Salió desnuda y no apagó la luz principal hasta que estuvo segura de mi conmoción al contemplarla. Se metió en la cama, después de dejar unos sobres de condones bajo la almohada y, a la luz de la cabecera, se me colocó como una maja de cuadro pero en mejor, y mi mano corrió hacia la mata de pelo negro y ensortijado de su pubis.
- No te precipites – me dijo, cogiéndome la mano -, acariciame con delicadeza, por favor y, vamos a hablar un poco antes, quiero que me acaricies los oídos con tus palabras, me gusta cómo hablas, dime cosas bonitas…
Yo soy más de erotismo que de pornografía. Ya sé que la diferencia entre uno y otra es pequeña, de los pocos segundos en que se tarda en clavarla, que es de lo que se trata, de una u otra manera, así que empecé a hablarle con las delicadas palabras de los modernos poetas andaluces y enseguida me di cuenta de que se dormía, así que me puse encima de ella y le abrí de piernas, sin callarme en mis metáforas. Ella me musitó “Ponte el condón” con los ojos entrecerrados y creo que batí mi mejor marca personal en eyaculación precoz. Ella ya estaba dormida del todo cuando acabé y yo caí inmediatamente en el sueño.
Amaneció un día de niebla, esa niebla cegadora por brillante de Las Landas, ella estaba dormida, apenas su respiración se oía. Su contemplación, la naturaleza, la biología y todas las circunstancias llevaban a una sola meta. Ella musitó de nuevo “Ponte el condón” sin abrir los ojos, luego emitía, con mis sacudidas, unos maulliditos como de satisfacción en mi oído, sin duda aprendidos en una escuela de modelos y azafatas. Y después del coito matutino me volví a quedar dormido.
Al volver a despertarme, las dos chicas ya estaban despidiéndose de mi socio para irse a explorar la ciudad o lo que fuera que iban a hacer, salí a interesarme y desayunar lo que me hubieran dejado, cuando éste les daba un anticipo de beca, algunos billetes de 200 euros me pareció, por si acaso.
Los hombres teníamos reservados un circuito de spa en el propio balneario del hotel y allí nos fuimos. Mi socio se quedaba dormido por las bañeras y no hablaba apenas, solo para decirme que a la vuelta tendría que conducir yo porque él no había pegado apenas ojo durante la noche.
Cuando nos avisaron que las chicas habían vuelto y nos esperaban en el hall de la zona de baños, salimos los dos en albornoz y nos las encontramos radiantes y luminosas con alguna bolsa de zapatería – unos zapatos irresistibles que vieron casualmente en un escaparate -, y otras de folletos  recogidos de la oficina de Turismo Oficial. Mi Idoia se empeñó en mostrarme  las fotos que habían hecho y se habían hecho por fuentes, criptas, museos, iglesias, plaza de toros… en las que lógicamente nosotros no salíamos - la mejor manera de que imágenes comprometedoras no circulen por ahí es no hacerlas -, mientras los otros dos subían a hacer los equipajes a la suite, aunque no habían sonado las 12 y la hora límite de salida eran las 14 horas, queríamos estar de vuelta en la ciudad para esta hora.
Al entrar nosotros dos en la suite nos encontramos que en la sala-dormitorio el otro par de excursionistas estaba acabando en una desnudez absoluta de degustarse mutuamente sus zonas genitales y no nos prestaron ninguna atención. Aquella visión me causó efecto bajo el albornoz, así que le llevé a Idoia I a nuestra habitación, le bajé los pantalones y las bragas, llevaba una chaqueta de piel sobre la blusa que le quedaba de película, y le hice inclinarse de espaldas a mí, con su colaboración, sobre la cama. No caí en la tentación de penetrar su orificio de salida, más que nada por no perder el tiempo con los preparativos necesarios, así que entré por la vía más convencional. Le hice el favor de ponerme el condón sin que me lo pidiera y ella me hizo el favor de simular un pequeño orgasmo sin que se lo pidiera, al fin y al cabo, no habíamos venido hasta Dax para hacer compras, cenar, dormir, un poco de termas y algo de arqueología.
El viaje de vuelta, mi socio condujo en silencio, fue muy rápido, a la máxima velocidad posible entre radar y radar, Idoia II dormía profundamente delante y mi Idoia y yo continuábamos conversando con ese afecto mutuo que a veces se coge follando.
Les dejamos a las dos chicas en la parada de taxis de la estación del Norte, mi socio les entregó los sobres con el resto del importe de las becas y fuimos a comer a una taberna-restaurante de Gros en el último servicio de comidas, donde yo le pregunté:
- ¿Qué te pasa que estás con esa cara de preocupado todo el rato?
- ¡Que era virgen, hostias! ¡Que era virgen! ¡No me jodas! Nunca había follado con una virgen y sabes lo peligroso que es desvirgar a una tía, que luego se quedan colgadas de uno y no te dejan en paz.
     La preocupación de mi socio se disolvió en el tiempo, yo me acordé en ese momento de que me había dejado “El Proceso Estratégico, Conceptos, Contextos y Casos” de Henry Mintzberg en la mesilla de la suite pero no lo volví a echar de menos nunca y no me lo volví a encontrar en la vida, a Idoia y a Idoia tampoco. Cuando se anda en torno al medio siglo de edad la rutina diaria es un río que te lleva por la vida sin necesidad de tomar continuamente decisiones.

domingo, 23 de diciembre de 2018

FIESTA DE VIEJOS CON JÓVENES EN UNA PISCINA (FICCIÓN)


Si se teclean en Google las cuatro palabras fiesta, viejos, jóvenes y piscina salen diez millones de referencias de todas las páginas de pornografía del mundo hispano. Lo sé porque lo he hecho. He hecho lo de buscarlo y lo de la fiesta. Me habían invitado a una fiesta de “chicos solos” en una casa de un conocido que era bastante amigo de un socio mío, una casa que ya conocía por haber estado en otra fiesta anterior, ocasión en que no me lo había pasado mal, incluso me lo había pasado muy bien, con una señora que no era mi mujer, - creo que esto ya lo he contado anteriormente -, así que acepté la invitación de mi colega. La verdad, que parece mentira, es que no sabía exactamente a lo que iba, se me dijo de llevar bañador tan solo y algo de dinero en efectivo ¿Cuánto? Creo que en torno a 500 euros. Como conocía a los posibles asistentes, sus fuertes ingresos y sus gustos por el lujo, pensé que me esperaba una tarde noche, de jueves o viernes quizá, llena de buenos alimentos, bebidas insuperables y conversaciones idiotas pero mi señora tenía un viaje a La Rioja, a una casa rural donde iba a asistir a un cursillo de creatividad en técnicas mixtas orientales o algo así por unos días – ella tiene una vocación artística indudable -, y yo había denegado invitaciones similares muchas veces, así que me resigné a perder el tiempo con aquel grupo, en vez de quedarme tranquilo en mi piso con un buen libro y buena música. También es cierto que al negocio le convenía, y le conviene, tener buenas relaciones con el poder y aquella gente tenía cierto poder en nuestra pequeña provincia, además yo soy más de fiar que mi socio en casi todas las materias.

Me parece que no hacía frío ni calor en la calle de la urbanización, mi coche era el más modesto de los aparcados en la entrada de la villa, donde un par de escoltas fumaban y me saludaron al reconocerme. La piscina, una bañera grande donde siempre se hacía pie y en la que se hacía un largo en cuatro brazadas, estaba en el interior y francamente la temperatura ambiente era de un invernadero para plantas tropicales. En bañador y con una bebida en la mano, estábamos media docena de tipos de mediana edad, todos más musculados que yo, que no he pisado jamás un gimnasio.
El propietario de la mansión nos contó exageradamente por última vez y le comentó a alguien al otro lado del teléfono:
- Vamos a ser seis, por fin - me pareció que me miraba a mí, como a alguien al que no se esperaba - ¿Vale? ¿No hay problemas?
Me metí en el agua por hacer algo y empecé a nadar. Mi socio me miró sonriente, se quitó el escueto slip que llevaba y se zambulló ruidosamente.
- Aquí nos ponemos en pelotas de todas todas – me dijo -.
Como no tengo problemas para ello, me quité mis bermudas y las arrojé a una tumbona de madera que estaba junto a una mesita con comida y bebida, seguimos nadando y comentando temas de actualidad, los otros asistentes a veces entraban en la piscina, se desnudaban y se ponían de nuevo los bañadores al caminar fuera del agua, posiblemente sintiéndose incómodos con sus envejecidos aparatos a la vista al desplazarse.
Al rato me pareció oír una bocina, “ya están aquí” dijo alguien, todos salieron del agua y se pusieron los bañadores, yo les imité. Y entraron las chicas, espectaculares, modelos, jóvenes, podían ser nuestras hijas pero nuestras hijas más pequeñas. Entraron con un tipo bajito y calvoso, una cara conocida de la ciudad, de esos de toda la vida a los que conoces pero no sabes de qué y no sabes cuál es su profesión, el cual saludó a algunos de los presentes y se evaporó inmediatamente.
En el acto las seis estaban preparadas para el baño e incluso una se lanzó al agua, tipo bomba, mojándonos a todos, se me empujó y me dejé caer, el agua se llenó enseguida de bullicio y de juegos de ahogamiento desordenados, bandejas flotantes con copas navegaban en el oleaje, las luces intermitentes y giratorias se pusieron en funcionamiento, la música era atronadora. Mi socio ya estaba desnudo y me dejó igual rápidamente, mientras me indicaba con la mirada la chica que hacía un momento tenía al lado haciéndome surtidores de agua con la boca dirigidos a mis ojos, ésta me pasó la parte superior de su bikini alrededor del cuello y lo tiró no sé dónde, riéndose me hacía bailar un imposible rock entorno a ella, algo más alta que yo. Parecerá mentira pero yo solo pensaba en preguntarle de qué la conocía, porque aquella belleza me era familiar y alguna de las otras chicas también, estaba seguro de haberlas cruzado – yo miro mucho, quizá sea un salido, todas las guapas que encuentro -, pero alguien, mi socio posiblemente, también le quitó la parte de abajo del bikini con toda facilidad.
Difícil precisar lo que duró aquel ejercicio físico de saltar haciendo como si se sigue el ritmo dentro del agua, no había en ello nada de erótico, al menos mi erotismo había permanecido alicaido hasta entonces, pero mi falta de preparación me estaba pasando factura y le dije a aquel torbellino que me iba a salir un momento y ella me dijo que ella también tenía hambre y que saliéramos a tomar un bocado. Nos dirigimos a la escalerilla que ella abordó la primera. Y efectivamente mi vista desde abajo le hizo un examen ginecológico en su subida que, cuando llegué arriba, había causado efecto. La joven me pasó una toalla para disimular la erección y ella se envolvió en otra. La música impedía una conversación seguida pero la contemplación de aquel cuerpo - su toalla se había caído sin que hiciera ningún esfuerzo por mantener escondidas sus contundentes tetas -, me mantenía ocupado sin necesidad de entender nada de lo que ella decía, ella se debió dar cuenta porque se inclinó para hablarme al oído, estábamos en pie, lo que me hizo pasar una mano acariciadora por su cadera hacia la nalga, hacendo caer del todo el molesto trapo.
- Se ve pero no se toca – me dijo apartando mi mano -, somos modelos, esto es un show.
Seguí su mirada hacia la piscina y efectivamente, otra chica seguía con sus movimientos sincopados junto al propietario pero solo se tocaban las manos por necesidades coreográficas, fuera del agua otras dos hablaban con otros dos invitados mientras se secaban, manteniendo una distancia perceptible… pero al fondo, a espaldas de la chica, mi socio estaba montado como un galgo sobre otra del grupo que estaba en posición de galga en celo y se lo señalé.
- Ivanka debe tener una relación especial con tu colega – me explicó – pero yo me tengo que ir a secar el pelo que ahora tenemos una fiesta en una discoteca y no podemos faltar. Por cierto, dale recuerdos a tu hijo de mi parte, éramos compañeros de pupitre en el liceo.
Y me dio un beso en los morros, con sabor a salmón ahumado y eneldo, luego se dirigió al cuarto de baño, donde otras tres chicas se le unieron. Yo me quedé solo con mi pene marmóreo, una copa en la mano, observando cómo mi socio ponía fin a su breve encuentro fornicatorio y me dejaba al descubierto a otra pareja que seguía en paralelas actividades sobre unas toallas.
Las cuatro chicas desaparecieron mucho más rápido que lo que habían llegado mientras yo especulaba con el pensamiento de que mi hijo no tenia edad para sacarse el permiso de conducir que llevaba tiempo anhelando.
La llegada de mi colega de profesión y de Ivanka, una pequeña rubia de bello rostro andrógino y serio, a mi lado me sacó de mi ensimismamiento – tengo una tendencia a aislarme en mi interior aun en las situaciones más extrañas -, y dirigí mi veleta, parecía que mi pene se había quedado en posición de firme para tiempo, hacia ellos para iniciar una conversación imposible, él puso la mano de la chica en la mía y se zambullió de tripada – te podías partir el cuello si te tirabas de cabeza -, ella cogió un montón de servilletas de papel en la otra mano y me dirigió a una de las sillas de playa donde me senté.
Con un unos lengüetazos en mi glande, dados con la misma pasión que pone una funcionaria del Registro Civil en hacer fotocopias de certificados de defunción, mi tensión se derramo, ella me pasó la mitad de las servilletas para que me limpiara, se limpió la mejilla, bebió un palmero de whisky sin hielo ni agua y cayó, como un árbol cortado, en el agua de la piscina.
Permanecí, como un espectador atento, viendo el espectáculo patético, de una fealdad estética obvia, de aquellos cinco vampiros que se frotaban como podían, dentro y fuera de la piscina, con aquellos cuerpos de espléndida juventud sin alma – las miradas estupefactas lo proclamaban -. Y me vestí para irme, nadie se dio cuenta de mi desaparición hasta que decidieron continuar la fiesta en la misma discoteca de siempre, según se me explicó más tarde.
Fuera los escoltas seguían fumando. Me dirigí en mi coche hacia las luces de la ciudad, oyendo la radio, el locutor explicaba los horarios de la Marcha Nocturna a Itziar.
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