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jueves, 22 de julio de 2021

EL SECRETO PROFESIONAL EN LA RELACIÓN LABORAL


La buena fe obliga, dentro de una relación que suele ser duradera y muchas veces intensamente personal, a guardar especial secreto o sigilo sobre lo que se conoce del otro, sea del propio individuo sea de lo que éste ha obtenido por su esfuerzo o “industria”. Es difícil dar una definición previa de qué conocimientos ajenos no pueden ser revelados por lo que suele establecerse después, cuando alguien se considera perjudicado por la conducta del que se ha apropiado del secreto o lo ha  difundido o dado noticia. A diferencia de las personas obligadas al secreto por el propio status de su profesión como abogados o médicos, la conciencia social de la obligación de guardar sigilo por lo que se conoce en la relación laboral es mínima en España.



Extractando de las resoluciones judiciales, se puede decir que secreto de empresa es el conocimiento reservado relacionado con la actividad de una empresa sobre ideas, productos o procedimientos que el empresario desea mantener ocultos por su interés económico o su valor competitivo para la empresa. Esto incluye toda información relativa a la empresa, detentada con criterios de confidencialidad y exclusividad en aras a asegurarse una posición óptima en el mercado frente al resto de empresas competidoras, por lo tanto han de entenderse secretos de empresa tanto los aspectos que afectan a la parte técnica de la empresa como los métodos de producción, como los relativos al ámbito comercial, como cálculos, estrategias de mercado o listas de clientes y cualquier otro hecho relevante que su mantenimiento en el ámbito interno sea beneficioso para la empresa y, por el contrario, su conocimiento externo sea perjudicial.


Durante la relación laboral, la revelación del secreto puede ser un delito previsto en el Código Penal, art. 199:

“1. El que revelare secretos ajenos, de los que tenga conocimiento por razón de su oficio o de sus relaciones laborales, será castigado con la pena de prisión de uno a tres años y multa de seis a doce meses.


2. El profesional que, con incumplimiento de su obligación de sigilo o reserva, divulgare los secretos de otra persona, será castigado con la pena de prisión de uno a cuatro años, multa de doce a veinticuatro meses e inhabilitación especial para dicha profesión por tiempo de dos a seis años.”


El segundo párrafo con sus penas más graves también puede ser aplicable en la empresa, pensemos en un abogado de empresa o en un médico de empresa.


Pero, sin embargo, el trabajador no puede olvidar lo que ha aprendido e incluso es lógico que lo use en sus sucesivos puestos de trabajo.


Hay que tener en cuenta que es un acto de competencia desleal la  utilización de secretos obtenidos a través de los trabajadores (Art. 13 y 14 de la Ley de Competencia Desleal 3/1991) que da origen a acciones a favor de la empresa víctima. La Ley de Competencia Desleal considera desleal la divulgación o explotación, sin autorización de su titular, de secretos industriales o de cualquier otra especie de secretos empresariales a los que se haya tenido acceso legítimo, pero con deber de reserva, o ilegítimamente, a consecuencia de la inducción a infringir los deberes contractuales básicos que trabajadores, proveedores, clientes y demás han contraído con las empresas competidoras. Y tendrá asimismo la consideración de desleal la adquisición de secretos por medio de espionaje o procedimiento análogo. 


Volviendo al Código Penal, que se ha ido adaptando a los avances tecnológicos en cuanto a la divulgación de secretos, conviene recordar que el art. 197.1 dice: “El que, para descubrir los secretos o vulnerar la intimidad de otro, sin su consentimiento, se apodere de sus papeles, cartas, mensajes de correo electrónico o cualesquiera otros documentos o efectos personales, intercepte sus telecomunicaciones o utilice artificios técnicos de escucha, transmisión, grabación o reproducción del sonido o de la imagen, o de cualquier otra señal de comunicación, será castigado con las penas de prisión de uno a cuatro años y multa de doce a veinticuatro meses.”


Esto es, los soportes de los secretos forman parte del deber de secreto y la grabación o interceptación no autorizada de cualquier manera que tenga por objeto un secreto es también ilícita.


Recomendamos leer pausadamente los “nueve” artículos 197 a 201 del vigente Código Penal en los que se establece un catálogo de conductas delictivas en torno al secreto.


En especial, el deber de guardar secreto es relevante para todos los representantes de los trabajadores (Art. 65.2 del Estatuto de los Trabajadores y 37.3 de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales).


Es un deber mutuo: el empresario también está obligado a guardar secreto respecto del trabajador ya que los datos íntimos de las personas están protegidos además por la Ley Orgánica 1/1982 de protección civil del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen que es de aplicación en el ámbito laboral. Y el tratamiento de los datos personales de los trabajadores está protegido no sólo por este deber primordial del secreto sino por la legislación específica de acceso y protección de datos, de su registro y de su tratamiento informático, así que es un deber empresarial típico el respeto a la intimidad de los datos personales del trabajador y su tutela (Ley 8/2001 de Protección de Datos)

martes, 22 de junio de 2021

SNIPER

Ajustó la mira telescópica Steiner, un modelo de la serie M7, al rifle Sako tipo TRG M10 y se puso en posición, la cabeza guardaba un pequeño murmullo apenas doloroso en lo más profundo, los dos Oxycotin del desayuno habían tenido una efectividad de más del 99% y se sentía en la forma suficiente para alcanzar el objetivo. Tumbado sobre el contrafuerte de la vieja fortaleza militar veía perfectamente, a través del visor, la puerta de la villa bajo el sol triste de un mediodía vasco, no llovía pero se sabía que el sol existía porque había unas nubes de un gris más claro que todas las demás. Supuso que el objetivo saldría por esa puerta con una taza de café en la mano, silbaría al perro, un lobo belga adiestrado por la Guardia Civil irónicamente, charlaría cariñosamente con el animal y bebería el café antes de regresar al interior por otras 24 horas. Había pensado un disparo a la taza en el momento en que estuviera bebiendo, posiblemente le destrozaría la boca y le rompería las cervicales de delante atrás, por si acaso un segundo disparo a la cabeza, con el cuerpo caído, que tendría efectos disuasorios sobre “El cojo”, que, agazapado en el umbral, no saldría durante un tiempo, así él podría alejarse tranquilamente hasta el coche, ya enfilado hacia la pista al otro lado de la colina, apenas 20 metros de distancia. Desde que había salido de los malditos Balkanes, éste era el primer trabajo un poco serio que tenía, la verdad es que la NATO le licenció cuando aún podía seguir en activo por la edad y su estado físico pero su tiempo de compromiso militar había acabado ya un año antes y no cabían nuevas prórrogas. Palpó el bolsillo de la chaqueta por fuera, la caja de Oxycotin estaba en su sitio, el zumbido parecía querer apagarse en su interior, suponía que era un recuerdo permanente de su dedicación profesional a eliminar enemigos, enemigos del ejército al que estaba adscrito, en aquel clima insoportable, sobre todo en invierno. 

Dentro de la casa, en la cocina, “El rizos” observaba a su subordinado afanarse en prepararle el café, verle arrastrar la pierna anquilosada era un espectáculo que le hacía sonreír, siempre acababa teniendo que preparar más tazas en la Nespresso porque, antes de llegar a la mesa en que él esperaba, iba derramando líquido por el embaldosado. El whisky Aberlor 10 no se le caía a "El cojo", llevaba la botella sin abrir hasta la mesa y allí se servía una buena dosis en un envase de Nocilla que usaba como vaso. Con el primer confinamiento de la pandemia "El rizos" se había instalado en la mesa de la cocina para tele-trabajar, controlar sus negocios desde el ordenador le había costado un cierto esfuerzo, antes, era su hijo el que se encargaba de la informática pero se había marchado con su mujer a Colombia justo antes de que estallara la alarma por el virus asiático y no parecía que ni podía ni quería regresar. Ahora controlaba las normas de seguridad necesarias para que no se detectasen sus movimientos de mercancías, los cobros, los pagos y no necesitaba salir de casa, “El cojo” se desplazaba por él si era estrictamente necesario, además “El cojo” se encargaba de comprar los platos cocinados que calentaban en el microondas y de tener el nivel de porquería de la casa a una altura aceptable, nunca pasaba de la cintura. Cogió la última taza de café y la completó con lo que quedaba de las dos anteriores, dejó su puesto delante de la pantalla al otro, el sistema requería una observación continua de los mensajes, y se dirigió hacia la puerta con la taza en la mano. El teletrabajo tenía para él además otra ventaja, la seguridad, últimamente había tenido demasiados accidentes, una rueda delantera que estallaba en plena curva junto a un desfiladero, un cable cruzado entre dos árboles cuando regresaba en moto de una ronda de vigilancia por los clubes, un camión sin frenos y sin conductor en la cuesta por la que caminaba hacia una cita con un policía comprado… no creía en las casualidades, solo su buena suerte y la torpeza de la competencia le mantenían con vida. Así que solo salía de casa para darle una golosina al perro y seguir así manteniendo su fidelidad, aunque el chucho ya estaba viejo y tenía que pedir a alguno de sus contactos policiales que le consiguiera otro y así poderle pegar un tiro a este baboso, no soportaba las babas de perro, luego “El cojo” lo enterraría junto a los anteriores en un rincón del jardín. Abrió la puerta.

(Continuará)    

  

VECINO VIETNAMITA

- A finales de 2019 se empezó a oír que había aparecido una nueva gripe en un mercado en China, creo que ninguno le dimos una segunda lectura a la noticia de agencia en el periódico – Aristide Labarthe comenta en la terraza del bistró junto al mercado, un plato de jamón de Bayona se está quedando vacío, las migas de pan atraen a los gorriones que osan posarse en la mesa para atraparlas, las copas de vino siguen el ritmo de las mareas de las ganas de los comensales -, así que, cuando llegué a casa un mediodía y encontré a mi mujer cosiendo mascarillas en la máquina, me quedé asombrado.

- La vecina vietnamita, la del restaurante de abajo, me ha dejado el modelo y he calculado que haré docena y media de mascarillas con la tela y las cintas que tengo en casa – me dijo mientras la aguja culminaba una de las mascarillas de color azul cielo y cordones blancos -, parecen merchandising del Aviron Bayonnais.


- En resumen, mi mujer había coincidido en el supermercado del barrio con un vecino vietnamita, excelente cocinero, por cierto, que llevaba una mascarilla mientras hacía la compra y cuando se interesó rutinariamente por cómo le iba la salud, Nguyen le explicó que había leído lo de la gripe asiática en el periódico y que toda la familia había sacado las mascarillas del armario para evitar contagiar y contagiarse… Mi mujer pensó que los vietnamitas conocen muy bien a los chinos y lo que puede venir de China, así que le pidió un modelo de mascarilla como la suya y luego la recogió de su casa, sacó la máquina de coser del trastero y nos hizo mascarillas para toda la familia.

- Ya me acuerdo de que eras el único en la tribuna del estadio con mascarilla – le comenta Jon Galtzagorri, la mascarilla médica puesta al abandonar la silla, levantándose con el plato vacío en la mano y dirigiéndose a la ventana para recoger otro plato lleno, el camarero ya está cambiando los vasos usados y poniendo una botella de chardonnay y nuevos vasos -, pero enseguida se empezaron a ver más, un poco por todos los sitios.

- Los periódicos decían cosas contradictorias sobre las mascarillas – Imanol Hiruntchiverry, con la mascarilla pop del Biarritz Olympique bajo la barbilla, vacía su vaso mientras habla -, así que yo, en principio, tardé en ponerme y espero que la podamos dejar pronto.

- En el otro lado desaparece la obligatoriedad al aire libre esta semana pero creo que habrá que seguir con mascarilla cuando haya mucha gente – dice el Barón de la Florida y recoge la última loncha -, porque la peste sigue circulando de perdigones babosos a duchas espontáneas y hay mucho baboso y babosa por ahí que la puede pegar.

- Diga lo que diga el triste de Urkullu, yo no me quito la mascarilla hasta que no se la quite el vecino vietnamita de Aristide, así que tú avisa ¿Eh?